Durante 25 años, Antonio Molina tuvo la estabilidad que muchos buscan en el ámbito laboral: un sueldo fijo, un horario claro y la seguridad de que, a primeros de mes, el dinero iba a entrar en su cuenta. Trabajaba como pintor en el mantenimiento de un gran grupo hospitalario y su rutina estaba marcada por quirófanos, pasillos, empapelados técnicos y restauraciones puntuales. Hasta que un día todo se acabó.
“Decidieron que no éramos rentables los pintores que estábamos en plantilla y nos despidieron”, recuerda en una entrevista en el canal de YouTube ‘Sector Oficios Podcast’. Tenía 47 años. “No digo mayor, pero ya no tenía 25”.
El golpe no fue solo laboral, sino psicológico. “Pasas de tener una estabilidad total a dormir con incertidumbre todas las noches”, explica. Y, aun así, no se rindió y decidió hacerse autónomo y montar su propio negocio de pintura de edificios, casas y fachadas. Uno de esos oficios tradicionales que ya se está perdiendo en parte por la falta de relevo generacional, lo que provoca que cada vez veamos a más extranjeros o migrantes trabajando como pintores.
Algunos piden precios muy pequeños por pintar
Antonio pone cifras a lo que considera una devaluación enorme del oficio. “Pues en obra yo he llegado a oír precios de entre 1,50 y 2,50, entonces esos son unos precios muy pequeños, muy pequeños, y aunque hagas muchos metros como en las obras nuevas, luego te retienen dinero para esos posibles repasos”, explica, añadiendo que "al final no sé qué rentabilidad le puede quedar a una empresa de pintores”.
Con esos precios, el trabajo se hace deprisa y mal. “Se va a mata caballo, y la calidad baja”.
La diferencia con el cliente particular es clara. “Un repintado para un particular puede estar entre 6 y 9 euros el metro”, explica. Y aun así, insiste, pintar bien no es sencillo ni especialmente rentable cuando se trata de trabajos lisos. “Es lo más complicado y lo menos rentable. En cuanto pides un precio justo, te lo echan para atrás porque hay quien lo hace por muchísimo menos”.
“Si tengo que hacer un liso, tengo que cobrarlo y sacarle una rentabilidad. Si no, que se lo hagan”, afirma con rotundidad.
Emprendió con los ahorros que tenía y ayuda de amigos
El problema no fue el oficio. Pintar sabía. Y mucho. El verdadero reto llegó cuando tuvo que buscar clientes, presupuestar y gestionar un negocio desde cero. “No tenía formación empresarial. Estaba bastante desactualizado”, reconoce.
Al principio, como muchos autónomos, tiró de ahorros, de la indemnización del despido (con la que pudo comprar una furgoneta) y de la ayuda de amigos. “Pero eso se acaba”, admite. “No puedes vivir eternamente de favores”.
Fue entonces cuando decidió formarse. Cursos de gestión empresarial, presupuestos, marketing y, más adelante, posicionamiento SEO. “Te das cuenta de lo bien que vivías en la ignorancia”, dice con ironía. “Empiezas a ver por dónde se te va el dinero y dónde tienes que ajustar”.
Uno de los aprendizajes más claros llegó con internet. “Si no estás en Google, no existes. Y si no estás en la primera página, tampoco”. Tras hacer un curso de SEO, pasó de no recibir llamadas a “no parar el teléfono”.
Del blanco de siempre a la alta decoración
Además de aprender a gestionar, Antonio apostó por diferenciarse. Se especializó en alta decoración: marmolados, murales, texturas, trabajos exclusivos que no se repiten nunca igual. “Un marmolado hoy no me sale igual que mañana. Eso es lo bonito”, explica.
Este tipo de trabajos, además de ser más gratificantes, permiten justificar precios más altos. “No puedes cobrar 1.600 euros si no explicas por qué vales más que el que cobra 800”, dice. En su caso, el valor añadido está claro: asesoramiento, materiales, presupuesto detallado, seguro de responsabilidad civil y garantía por escrito. “Eso es servicio”, resume.
Cobrar por los presupuestos para que la gente no pida tantos
Uno de los puntos más críticos que denuncia Antonio es el tiempo que se pierde haciendo presupuestos. “No los cobro, pero deberíamos cobrarlos”, afirma. Desplazamientos de 30 kilómetros, visitas largas, mediciones, asesoramiento, horas delante del ordenador… y en más del 90% de los casos, ni respuesta.
“Hoy en día ni te contestan. Un WhatsApp de ‘no me interesa’ sería suficiente”, lamenta. Por eso defiende que, como en otras profesiones, se cobre una pequeña cantidad por la visita, descontable después del trabajo. “Evitaría que la gente pidiera 10 presupuestos por aburrimiento”.
Empezar de cero con 47… y cobrar 100 euros
El camino no fue rápido. Antonio se hizo autónomo en 2019. Luego llegó la pandemia. Los primeros años fueron irregulares. “Hubo meses en los que para casa me llevaba 100 euros”, confiesa. Otros, incluso menos.
“Un autónomo no es lineal”, explica. “Hay meses buenos y meses malos”. El objetivo, dice, no es un pico puntual, sino la continuidad: poder cobrar, por ejemplo, 1.500 euros todos los meses.
Hoy, tras años de formación, clientes recurrentes y recomendaciones, empieza a notar que “todo lo sembrado se recoge”.
Formarse o quedarse atrás
Con 55 años, Antonio no tiene dudas: “Formarse es fundamental, tengas 20 o tengas 50”. Y si no es formarse desde cero, reciclarse. “Si algo funciona bien, quizá pueda funcionar mejor. Y si no cambias, te estancas”.
Su historia es la de muchos trabajadores expulsados del mercado laboral a una edad en la que encontrar empleo vuelve a ser complicado. Pero también es la prueba de que reinventarse es posible, incluso en un oficio tan castigado por precios bajos e intrusismo como la pintura.
“Si empiezas con 20, llegarás antes. Si empiezas con 47, tardarás más. Pero lo consigues”, concluye.
Y lo dice alguien que pasó de cobrar un sueldo fijo a vivir con incertidumbre… y hoy vuelve a disfrutar de su trabajo, pincel en mano.

