Cada mañana, Sara llega a la obra decidida a hacer el máximo esfuerzo en su trabajo. Dejó atrás un despacho en San Pedro Sula, Honduras, donde “la pluma, el papel y el ordenador no pesan” para acabar en España mezclando pasta, cargando escombros y donde ha aprendiendo a manejar herramientas que jamás había tocado.
“En la albañilería jamás había trabajado”, confiesa al canal de youtube Historias de Migrantes. Hoy, es ayudante en construcción en Madrid y se ha ganado su sitio en un sector dominado por hombres: “A veces, creen que una, como chica no lo puede hacer, pero somos más capaces de hacerlo que ellos”, sentencia.
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Como ella, cada año llegan cientos de migrantes de otras partes del mundo en búsqueda de un mejor futuro. Tan solo en 2025 llegaron a España 36.775 personas inmigrantes, y los flujos de entrada de los últimos años están liderados por nacionalidades como la colombiana, marroquí y venezolana, con una fuerte presencia femenina en cuidados y servicios.
Al mismo tiempo, los datos laborales muestran una realidad precaria para muchos trabajadores extranjeros: salarios en torno a los 1.000 euros netos y sin cotizar. Sin embargo, para Sara, la construcción le da un respiro a su bolsillo.
“Empecé como empleada del hogar, como todas las chicas que llegamos a España"
En el mercado laboral español, las mujeres migrantes siguen concentradas en empleos invisibles y mal pagados, especialmente en el hogar y los cuidados, pese a ser una pieza clave de la economía.
La presencia de trabajadoras extranjeras en sectores como la albañilería o la reforma sigue siendo minoritaria, lo que convierte a Sara en una excepción que roza el techo de cristal del empleo migrante.
Su camino no fue fácil. Como tantas mujeres recién llegadas, comenzó “como empleada del hogar, como todas las chicas que venimos aquí”. Pasó once meses interna cuidando a una pareja de ancianos, “trabajando de lunes a domingo” y sintiendo que “no hay vida”.
“Es muy pesado, pero me encanta”
La pandemia lo empeoró todo. “En 2020 no había trabajo, estábamos gastando lo poco que teníamos de dinero ahorrado”. Aceptó cuidar a un niño por 200 euros al mes porque “para no estar parada, 200 euros no caían mal”, aunque sabía que aquello no era un proyecto de futuro.
El giro llegó cuando insistió a un conocido en cambiar de trabajo. Empezó con “chapuzas”, pintando, aprendiendo, equivocándose. Hoy, su jornada pasa por “hacer pasta, picar, tirar escombros, mantener la obra limpia y hacer las labores que me pongan”.
Lo más duro, admite, es el peso de los sacos. Pese a ello, asegura que “a mí me encanta, es muy pesado, pero me encanta”. Cobra 1.200 euros de base y, con horas extra, “viene sacando sus 1.500 euros”, un salario que le permite pensar en algo más que sobrevivir.
A pesar de tener un sueldo estable, su ambición va mucho más allá. “Día a día busco la manera de sacar cursos, poder estudiar mejor y poner mi propia empresa”, dice. Ve en España un terreno fértil donde “me veo en un futuro teniendo a alguien que trabaje para mi”.