En España faltan albañiles. Esto es una realidad innegable y para darse cuenta solo hay que hablar con algunos constructores, que no hacen sino repetir el mismo discurso: esta profesión no tiene relevo generacional. Un claro ejemplo de esto es el de Juan Diego Rodríguez, un albañil de la provincia de Málaga y propietario de su propia empresa de reformas, que tiene una lista de espera de hasta tres años para nuevos proyectos. De ahí que cada vez sea más común también ver mano de obra extranjera en la construcción.
Juan Diego ha repasado su experiencia en el canal de YouTube ‘Sector de Oficios Podcast’, donde cuenta su trayectoria desde los 16 años, su apuesta por el oficio en plena crisis de 2009 y las dificultades reales que ha vivido con su empresa cuando “no hay tiempo para parar”.
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Lejos del típico albañil chapucero, su historia es la de un profesional que ha crecido desde abajo, ha aprendido en familia y ha tenido que tomar decisiones durísimas para no cerrar.
Montó su empresa de reformas en plena crisis
Juan Diego es de Benarrabá, un pequeño pueblo malagueño de apenas 450 habitantes. Allí empezó todo. Tras terminar sus estudios y volver para ayudar a su familia, su padre le propuso montar juntos una empresa de reformas, allá por el año 2009, en plena crisis económica.
“Todo el mundo cerraba empresas y nosotros estábamos abriendo una”, recuerda. Pero había algo claro: en el pueblo tenían fama de trabajar bien. No faltó el trabajo. “Ibas a una obra y antes de terminar ya había otra persona esperándote”.
Durante años, la empresa creció rápidamente, contando primero con cuatro trabajadores, luego siete, después doce. Demasiado rápido. Juan Diego se vio gestionando varias obras a la vez, corriendo de una punta a otra del pueblo, apagando fuegos constantemente. “Se me iba el día y tenía la sensación de no haber hecho nada bien”, explica.
Trabajaba mucho y aún así no le quedaba “ni un euro”
El punto de inflexión llegó cuando, pese a tener empleados, obras y facturación, el dinero no cuadraba. Durante cuatro años mantuvo una estructura de cuatro trabajadores.
“Pagaba los sueldos, los materiales, los impuestos… y a mí no me quedaba ni un euro. Ni 100 euros, ni uno”, relata sin rodeos.
Para poder sobrevivir, llevó una doble vida laboral durante diez años: entre semana albañil, fines de semana fotógrafo de bodas y comuniones. Llegaba a trabajar hasta las dos o tres de la madrugada editando vídeos y a las pocas horas volvía a la obra. “De 2010 a 2020 fueron diez años a hierro”, resume.
Tuvo que despedir a todo el mundo y quedarse solo
Con la empresa al límite, Juan Diego tomó una decisión radical: despedir a todos los trabajadores y quedarse solo. Avisó con tiempo, mantuvo buena relación con todos y asumió el riesgo.
Pero la jugada le salió bien, ya que en solo seis meses (de abril a septiembre) generó más ingresos que en los cuatro años anteriores con empleados. “Ahí me di cuenta de que algo no estaba funcionando”.
Con menos estrés y más control, ganó algo que llevaba años sin tener: calidad de vida. Más adelante incorporó un ayudante, con la idea de formarlo poco a poco y crecer de forma sostenible.
“Aunque no sepa nada, son casi 3.000 euros al mes para la empresa”
Juan Diego habla también de los salarios en la construcción y de lo que realmente cuesta contratar a alguien, haciendo cuentas de lo que supone para una empresa de construcción como la suya tener a varios empleados contratados.
“Yo hablé con la gestoría para meter a un muchacho. Aunque no sepa nada, son 1.400 euros de sueldo en nómina, más unos 750 euros de Seguridad Social, más un pico más de un seguro aparte”, explica, dejando en claro que tener a alguien contratado supone casi 3.000 euros al mes para la empresa.
“Y para tener 3.000 euros ahí todos los meses, tú te tienes que menear”, añade. Por eso considera que 1.200 o 1.400 euros de sueldo es muy poco, incluso desde el punto de vista del empresario. “Con eso no se puede vivir. Ni comprar ni alquilar una vivienda. Alguien solo, imposible”.
El éxito en redes… sin necesitar más clientes
En 2020, Juan Diego decidió mostrar su trabajo en redes sociales. Empezó en Instagram y luego en TikTok casi por casualidad. En un año pasó de cero a 300.000 seguidores.
Los vídeos, centrados en la precisión, el detalle y el trabajo bien hecho, se hicieron virales. Aun así, aclara que su trabajo no llega de las redes, sino de algo mucho más tradicional: el boca a boca.
“Clientes que vuelven después de ocho años, recomendaciones entre electricistas, amigos que hablan bien de ti… eso es lo que llena la agenda”, explica. Tanto, que no puede aceptar más proyectos.
“Por 1.200 euros aprendería gratis unos meses”
Sobre el relevo generacional, Juan Diego es claro. Cree que el problema no es solo el dinero, sino la falta de cultura del esfuerzo.
“Yo, por 1.200 euros, me iría gratis unos meses con un oficial bueno, a aprender de verdad”, afirma. Pero reconoce que no todo el mundo aguanta esa etapa. “Aprender un oficio no es una píldora. Requiere tiempo, paciencia y formación constante”.
Aun así, insiste: sin mejorar salarios y condiciones, no habrá jóvenes en la construcción. “No hay sillas para todos en trabajos de oficina. Hacen falta oficios, pero hay que dignificarlos”.
La historia de Juan Diego no es solo la de un albañil con éxito. Es el retrato de un sector donde se trabaja mucho, se gana menos de lo que parece y el margen empresarial es mínimo, pero donde aún hay profesionales que apuestan por hacer las cosas bien, aunque eso suponga decir no a crecer sin control.