La juventud de hoy y la de hace un siglo parecen pertenecer a mundos distintos. No solo por la tecnología o los hábitos, sino por la dureza de la vida. Así lo cuentan varios jubilados mayores de 100 años entrevistados en el programa Programa 10 de la serie Centenarios, de Canal Sur. Sus testimonios representan a la perfección las vidas de antes, marcadas sobre todo por el trabajo desde muy niños, la posguerra, el hambre y un aguante que hoy resulta difícil de imaginar.
Beatriz Duro, Cristobalina, Juan Sánchez y Antonio “el Rubio” hablan desde la experiencia de quién tiene ya más de un siglo de vida. Muchos de ellos crecieron sin luz eléctrica, sin agua corriente y sin apenas escuela. “Aquí no había luz eléctrica. Se alumbraban con carburo”, recuerda Beatriz Duro, que pasó su juventud en una venta de carretera donde “mi padre compraba azúcar por sacos y le decía a mi madre: ‘Gasta y vende’”.
“He trabajado en todo… lo primero que hice fue carbón”
Juan Sánchez, que supera el siglo de vida, lo resume con una frase que atraviesa toda la entrevista: “En todo he trabajado”. Su infancia estuvo marcada por la pobreza extrema. “Yo toda mi vida he vivido en una choza… no podía tener una casa para mí”, explica. No fue a la escuela. “No he pisado un colegio en mi vida… tuve que ir por mi cuenta”.
Trabajó desde niño en condiciones que hoy resultarían impensables. “Pasé carbón, hice picón, trabajé en la salina”, enumera. Allí cargaban vagonetas “con una pala”, muchas veces sin calzado. “Iba descalzo”, recuerda. El salario era casi simbólico: “El socorro era un duro”.
Cuando habla de la guerra, su voz se vuelve más grave. “He visto los muertos amontonados en un arroyo, debajo de unos matojos”. Y lanza una reflexión que resume el sentir de toda una generación: “La gente joven no sabe lo que es una guerra”.
“Dormía con una luz de aceite y eso era lo que tenía”
Beatriz Duro, centenaria de Huelma (Jaén), recuerda una infancia de trabajo constante, pero también de aprendizaje. Su padre quiso que sus hijas supieran leer y escribir, algo poco habitual entonces. “Yo fui a la escuela, claro”, cuenta. Las aulas estaban separadas por sexos: “Abajo los niños y arriba las niñas”.
Desde joven ayudó en la venta familiar y llevaba las cuentas. “Mi madre apuntaba todo, llevaba la contabilidad de lo que se vendía”, explica su hijo. No había comodidades. “Dormía con una luz de aceite, subía la capuchina, la apagaba y esa era la luz que tenía”.
Cuando le preguntan cómo se divertían, la respuesta es sencilla: “Íbamos a la carretera y a la cacería”, un salón donde había música en directo. Nada más.
Cristobalina: “Cuando venía la pensión, era un control absoluto”
Cristobalina, de 101 años, se crió bajo una disciplina férrea. Hija de guardia civil, se quedó sin madre con apenas ocho años. “Lo único que me ha faltado en la vida ha sido mi madre”, afirma. Fue interna en un colegio y aprendió desde muy joven a valerse por sí misma.
Trabajó como marroquinera en Ubrique toda su vida. “Yo he sido marroquinera hasta la muerte”, dice con orgullo. Conserva una cartera con más de dos siglos de historia y lamenta que ese oficio esté desapareciendo. “Hay muy poca gente que sepa ya esta marca”.
También inculcó a sus hijos una lección clave: el control del dinero. “Cuando venía la pensión, era un control absoluto”, recuerda su hija. Para Cristobalina, el trabajo y el ahorro eran inseparables.
Antonio “el Rubio” tenía que cantar para sobrevivir
Antonio “el Rubio”, con más de 90 años, representa otra forma de trabajar desde niño. Gitano canastero, se crió viajando y cantando. “Eso se trae”, dice cuando le preguntan quién le enseñó a cantar. Con apenas 10 años ya despuntaba en los cabarés. “El que menos te daba eran 40 duros”, recuerda.
Nunca vivió del flamenco como profesión estable. “Yo era cantador de los cantadores”, explica. Cantaba cuando quería y para quien quería. Hoy, con más de nueve décadas, sigue componiendo. “Las letras son mías, todas”, afirma.
Sobre la vida, su visión es cruda y poética a la vez: “La vida es un desengaño total”. Aun así, asegura no arrepentirse: “Todo lo que he ganado, lo he gastado. Lo he disfrutado”.
“Lo que tenemos hoy es gracias a ellos”
Todos coinciden en algo: la vida fue dura, pero siguieron adelante. Trabajaron desde niños, pasaron hambre, vivieron la guerra y la posguerra, y aun así construyeron familias y sacaron adelante un país. Como dice una nieta de Juan Sánchez: “Por lo menos el país que tenemos lo tenemos gracias a ellos. Eso es evidente”.
El programa se cierra con una reflexión sencilla y contundente. Quizá no haya una fórmula para vivir 100 años, pero sí una constante en estas historias: trabajo, resistencia y memoria. Escucharlos no es solo un ejercicio de nostalgia, sino una lección para entender de dónde venimos y por qué, para muchos de ellos, la juventud de hoy vive en un mundo que nunca podrían haber imaginado.

