Hace unos días, la vida de la familia Salih se partió en dos en apenas 48 horas. Fasjon, un hombre de cuarenta años plenamente integrado en su comunidad, acudió a la gendarmería para cumplir con su comparecencia rutinaria de arresto domiciliario.
Sin embargo, esta vez no regresó a casa en Andelot- Montagne, Francia. Tras un fin de semana en un centro de detención, fue deportado en un avión desde Lyon hacia Albania, dejando atrás a su esposa, Berina, y a sus dos hijos pequeños. Su empleador, Pascal Gyunchard, aún no asimila la pérdida de su jefe de obra: “Era un modelo a seguir… ni siquiera tuvimos tiempo de despedirnos”, confiesa a FranceInfo.
Esta realidad, aunque narrada desde la frontera francesa, guarda un cierto paralelismo con la situación en España. Según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) y el Ministerio de Inclusión, la construcción es uno de los sectores donde la mano de obra extranjera es vital, representando cerca del 20% del total de afiliados.
Mientras el sector clama por profesionales cualificados, con una patronal que estima una necesidad de 160.000 nuevos trabajadores, las políticas de extranjería muchas veces chocan con la realidad que se sufre cada día.
“Era un modelo a seguir: tenía familia y planeaba comprar una casa”
Lo cierto es que Fasjon era un jefe de obra con contrato indefinido en una empresa con dificultades para contratar, un perfil que en España sería considerado ‘estratégico’ bajo las nuevas reformas del arraigo.
En nuestro país, las órdenes de expulsión siguen un ritmo administrativo que a veces olvida el arraigo social. Según el balance de la Red Europea de Migraciones, los procedimientos de retorno se ejecutan con mayor severidad sobre aquellos que, paradójicamente, están más localizables debido a su voluntad de regularización.
Fasjon “no quería causar problemas y accedió a subir al avión”, tal y como detalla Aude Dulong, vicepresidenta de Ajir, Centro Intercomunitario de Acogida de Refugiados del Jura. Sus hijos, uno de ellos nacido en Francia y que ni siquiera hablan albanés, se quedaron sin la estabilidad que les daba Fasjon.
“No tengo otra opción”
La situación de Berina, su esposa, es ahora crítica. Sin el sustento del salario de su marido, se enfrenta a un desahucio inminente y a la imposibilidad de trabajar. “No me siento bien, pero tengo que ser fuerte por mis hijos, no tengo otra opción", confiesa la mujer, sobre quien también pesa una orden de deportación.
Ahora, debe presentarse cuatro veces por semana en la comisaría, una carga burocrática que le impide reorganizar su vida: “No sé qué hacer yo ni con los niños”, admite.
Sin embargo, desde las asociaciones como Ajir, aseguran que Fasjon no tenía antecedentes y su integración era ejemplar. “Desalojar al hombre hará que manten de hambre a la mujer y a los niños”. Mientras tanto, el Tribunal Administrativo de Besançon se prepara para examinar un recurso el próximo 3 de marzo donde se aclarará si la familia Salih deberá ser expulsada del lugar que ayudar a construir.

