María José tiene 60 años y como limpiadora cobra solo 300 euros al mes por limpiar tres portales, de 09:00 a 12:00 horas, con extras difíciles de conseguir que apenas suman cinco euros por hora. “Nos tratan como máquinas”, dice a Jaime Gumiel en su canal de Youtube, mientras barre escaleras, garajes y cristales.
A sus 60 años, prefiere este trabajo “tranquilo” al de cajera, donde luchaba con clientes, pero lamenta los madrugones, el frío y las manos destrozadas por químicos.
Las limpiadoras en España: 1,07% del PIB
En nuestro país hay más de 500.000 trabajadores en limpieza de edificios y locales, según ASPEL, y superan los 650.000 en el mercado ibérico. El sector representa el 1,07% del PIB y genera el 2,6% del empleo total, uno de los 10 principales en servicios. Es mayoritariamente femenino: el 74% son mujeres, aunque los hombres se incorporan en jardinería o mantenimiento.
El salario medio ronda los 920 euros netos al mes, unos 19.870 euros brutos al año, con mínimos de 580 euros para parciales involuntarios, que superan el 50% de los contratos. Sin embargo, María cobra menos que la media y sus extras son “muy difíciles”.
“A veces no tienes ganas”
El camino de María no ha sido fácil. Desde los 18 años decidió entrar en este mundo donde ahora limpia portales vacíos, encuentra meadas de perro o basura, pero nada como las “pocilgas” de los hoteles o botellones que ven otras limpiadoras.
“Todos los días lo mismo, y a veces no tienes ganas”, confiesa. La pandemia valoró su rol esencial, incluso le pusieron un cartel de ‘gracias’, pero hoy sigue infravalorada: “Hay gente que se porta bien, pero otros piensan que somos máquinas”.
Ese olvido tiene consecuencias físicas. Décadas de químicos, lejía en espacios sin ventilación y movimientos repetitivos le han pasado factura en los pulmones y la piel. Ante la cámara, María no esconde sus manos: las define como “manos de vieja”, pero son el resultado de 42 años de esfuerzo al que se suma la jornada invisible en casa, donde las compras y la plancha la esperan sin un sueldo de por medio.
A pesar de todo, y aunque el salario se queda corto para tanto sacrificio, María encuentra una extraña felicidad en su rutina: “No sé si elegiría otro oficio”, admite, valorando esa tranquilidad mental que le da su labor, aunque la cartera diga todo lo contrario.