Hablar de sucesiones es entrar en un auténtico laberinto de límites legales. A diferencia de otros países, nuestro Código Civil no permite la libertad total: la legítima, el tercio reservado por ley a los hijos, es una barrera que no se puede romper. Sin embargo, en el margen del tercio de libre disposición, el afecto está ganando terreno al parentesco. Consuelo es un claro ejemplo de ello. Esta mujer de 71 años ha decidido que su patrimonio tenga el nombre de su mascota: Mulán.
Esta española no vive una guerra familiar. Con dos operaciones a corazón abierto, un desfibrilador y dos válvulas metálicas, ha tomado una decisión que ha sorprendido a muchas personas. “Mi hijo es una persona encantadora y muy amante con los animales. Yo no estoy loca, todo está consensuado, hablado y él, afortunadamente no lo necesita”, explica durante el programa Y ahora Sonsoles, de Antena 3, cuando le preguntan sobre esta decisión.
Se trata de una previsión de futuro. Su hijo, con una vida laboral intensa, no podría dedicarle a Mulán el tiempo que la perra requiere. “No quiero dejarle ese cargo a mi hijo”, dice.
El ‘legado con carga’
En España, los animales no tienen personalidad jurídica. Es decir, Mulán no puede firmar ante notario ni ser titular de una cuenta bancaria. Sin embargo, la reforma del Código Civil de 2022, que reconoce a los animales como ‘seres sintientes’ y no como meros objetos, ha abierto nuevas vías.
Consuelo ha blindado el futuro de su compañera de 12 años mediante una fundación y la figura del albacea. Tal y como detalla, el dinero y propiedades de Consuelo irán a una protectora con la obligación legal de cuidar a Mulán.
Al fallecer la perra, los fondos pasarán directamente a la Fundación Animal Rescue. “A nombre de ella no lo puedo dejar porque no es una persona física, pero sí puedo darlo a una fundación, y está todo hecho conforme a la ley”, aclara la mujer.

Lejos de lo que se pueda pensar, este no es un caso aislado. Según datos del INE, en España hay más mascotas que niños menores de 15 años. Este cambio demográfico está cambiando los despachos. Y es que, las protectoras, que a menudo sobreviven sin subvenciones públicas, se han convertido en las grandes herederas de una generación que valora la lealtad animal. Para ella, el testamento es el último acto de coherencia de una vida dedicada a cuidar a quienes viven para los demás sin esperar nada a cambio.

