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Una limpiadora con 60 años denuncia los bajos salarios: “La media es 5 euros la hora; es un trabajo muy esclavo”

Lleva desde los 18 años trabajando y considera que su profesión sigue igual de mal valorada.

la limpiadora en un portal
La limpiadora en un portal |Youtube 'Jaime Gumiel'
Antonio Montoya
Fecha de actualización:
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En España hay cerca de medio millón de personas dedicadas al sector de la limpieza. Es un trabajo imprescindible para que hospitales, colegios, oficinas, portales y hoteles funcionen con normalidad. Sin embargo, continúa siendo uno de los oficios más invisibles y, según denuncian muchas trabajadoras, peor pagados. María José, limpiadora desde hace más de 40 años, lo resume con claridad: “Cobro ahora mismo unos 300 euros por los tres portales, pero es muy poco”.

La mujer habla de lo duro que es trabajar de limpiadora en una entrevista colgada en canal de YouTube de Jaime Gumiel, donde también pone cifras a una realidad que afecta sobre todo a mujeres. Aunque las estadísticas hablan de un 74% de presencia femenina, diferentes informes elevan ese porcentaje hasta el 90%. María José forma parte de esa generación que empezó a trabajar muy joven. “Llevo trabajando desde los 18 años”, explica. Hoy tiene 60 y continúa limpiando portales, garajes, trasteros y baños cada mañana.

Su jornada comienza a las 9 y, en teoría, termina a las 12 de la noche. Pero no siempre es así. “Hay días que salgo a la una si tengo que barrer o fregar las escaleras, porque me entretengo más”. En la práctica, el salario ronda los cinco euros la hora o incluso menos. “Si haces horas extra, que es muy difícil, puedes ganar siete u ocho, pero es complicado”, reconoce.

Un trabajo duro y mal visto desde siempre

Más allá del sueldo, María José insiste en el desgaste físico y mental que supone el oficio. “Es un trabajo muy esclavo, se pasa frío y tienes que pegarte madrugones”, afirma. A ello se suma la exposición constante a productos químicos como la lejía o el amoníaco, muchas veces en espacios mal ventilados. Las manos, después de años de contacto con estos productos, lo evidencian. “Mira qué manos tengo”, comenta con ironía.

A nivel emocional, el peso de la rutina también pasa factura. “Todos los días lo mismo, todos los días lo mismo, y hay veces que no tienes ganas”. Sin embargo, destaca que, frente a su etapa anterior como cajera durante 19 años, ahora al menos disfruta de mayor tranquilidad. 

“Aquí estoy tranquilita y nadie me molesta”, asegura.

Uno de los aspectos que más le duele es la falta de reconocimiento. “Sí, está bastante infravalorado. Hay gente que se porta muy bien, pero otros se piensan que no sé qué eres, que sois máquinas”. Recuerda que en los años 80 y 90 estaba aún peor visto en la sociedad, ya que según ella en aquella época, “ser limpiadora era lo peor que podías hacer en la vida”. Cree que tras la pandemia el trabajo empezó a valorarse un poco más, cuando la desinfección se convirtió en una prioridad sanitaria. Pero insiste en que todavía queda camino por recorrer.

“Si no lo hago yo, lo tiene que hacer otra persona”

En su día a día limpia portales completos, cristales (excepto los de las escaleras), trasteros y bajadas de garaje. En su caso no suele encontrarse escenas extremas, aunque reconoce que en ocasiones hay excrementos de perro. Otros compañeros, especialmente en hoteles o espacios públicos, sí afrontan situaciones más desagradables.

María José lanza un mensaje claro a quienes menosprecian la profesión, especialmente a los más jóvenes: “Que respeten a la gente porque es nuestro trabajo”. Recuerda que, si nadie realizara esa labor, “no podrías entrar al portal en una semana”. La limpieza insiste, no la hace una máquina. La hace una persona.

A pesar de todo, ha vivido momentos gratificantes. Durante la pandemia, los vecinos de uno de los edificios le dejaron una nota de agradecimiento. “Me hizo mucha ilusión”, recuerda. No es lo habitual en un oficio que, según sus propias palabras, “normalmente no es agradecido”.

Si pudiera cambiar algo del sector, lo tiene claro: “Sobre todo el salario, que paguen más. Para todo el trabajo que hacemos lo veo demasiado bajo”.

María José pertenece a esa generación de mujeres que, además de su empleo remunerado, asume mayoritariamente las tareas domésticas. “Luego vete a la compra, haz la comida, pon la lavadora, plancha… eso no está remunerado”, señala. Su marido la ayuda “pero poco”, admite con naturalidad.

Con 60 años, no se plantea grandes cambios. “A la edad que tengo, quiero algo tranquilito”. Pero su testimonio refleja un debate más amplio: la dignificación salarial y social de un trabajo esencial. Porque, como recuerda, si ella no limpia, alguien tendrá que hacerlo. Y sin esa labor silenciosa, la vida cotidiana simplemente no funcionaría.