Vender en la calle no es solo plantar un puesto y esperar a que alguien compre. Es madrugar, cargar peso, moverse según haya turistas, partidos de fútbol o cruceros, y asumir que cada día es una incógnita. Así lo cuenta Ángel, un vendedor ambulante de 59 años que desde hace cuatro se gana la vida recorriendo distintos puntos de Tenerife con sus pulseras artesanas.
Su historia se conoce a través de un vídeo del canal de YouTube ‘ESTOPJIR’, donde el creador acompaña a Ángel durante una jornada completa en Santa Cruz de Tenerife. “Me cansé de la vida monótona del trabajo normal, con horarios y rollos”, explica. “Aquí tienes vida, buscas la vida y eso es lo importante”.
Ángel no siempre se ha dedicado a esto. Es cocinero profesional y aún hace extras o suplencias en cocina, pero solo a media jornada. “A lo que más me dedico es a vivir y a ir por ahí por toda la isla con la artesanía de las pulseras”, resume.
Desde las 10 de la mañana hasta que se vaya la gente
La jornada laboral no es corta ni cómoda. Ángel trabaja seis días a la semana, e incluso siete cuando hay partidos del Tenerife, momentos clave para las ventas. Empieza sobre las 10 de la mañana y puede terminar a las 5 de la tarde en días flojos o alargarse hasta las 8 o 9 de la noche cuando hay mucho movimiento, como en Navidad.
No siempre se queda en el mismo sitio. “Si hay barcos de crucero, te paras por aquí. Si no, te subes a La Laguna o te vas a una playita”, explica. En la playa, asegura, también se vende bien. Todo depende del flujo de turistas.
Las pulseras se venden, en la mayoría de los casos, a 1 euro. Parecen pocas cuentas, pero el volumen lo cambia todo. “En partidos de fútbol hemos llegado a vender 100 pulseras en menos de una hora, que son 100 pavos”, cuenta. Otros días la cifra baja: 70, 50… o mucho menos.
“Esto es práctica, hay que practicar mucho”
El oficio también tiene su parte técnica. Ángel trabaja con macramé, una habilidad que ya dominaba antes. “Yo hacía maceteros colgantes, que es mucho más complicado que una pulsera”, explica. Aun así, reconoce que tardó unos seis meses en perfeccionar el ritmo y la simetría de las piezas.
En el vídeo acepta incluso un reto: hacer dos pulseras personalizadas en 16 minutos, algo que logra pese al viento y las prisas por la llegada de un crucero. “Lo más difícil muchas veces es encontrar las letras”, admite.
La escena refleja bien cómo es el trabajo: hacerlo todo rápido, sin perder el orden, mientras se atiende a clientes en varios idiomas. Ángel incluso cuenta con la ayuda puntual de un turista extranjero que le echa una mano con el alemán y el inglés.
La policía, el gran riesgo del oficio
Si hay un miedo constante para los vendedores ambulantes es la policía municipal. “El único problema es que venga la municipal y te diga que no se puede, que está prohibida la venta ambulante”, reconoce Ángel.
A veces pasan de largo. Otras, les piden que recojan. “Depende del día y de la orden que tengan”, explica. En su caso, asegura que nunca le han quitado la mercancía ni le han multado, aunque sí le han pedido el DNI en alguna ocasión.
Ese es el gran riesgo del trabajo informal: no hay estabilidad ni garantías. Todo depende del criterio de quien patrulle ese día.
“20 o 25 euros no son malos, pero hay días mejores”
El día que muestra el vídeo no es especialmente bueno. Hace mal tiempo, amenaza lluvia y hay menos gente de lo habitual. Aun así, Ángel no se va con las manos vacías. “Al final 20 o 25 pavos están bien, malos no son”, dice mientras recoge el chiringuito.
Haciendo números, explica que con 20 euros diarios ya serían unos 600 euros al mes, a los que se suman los días buenos y los ingresos extra de la cocina. “Unos días más, otros menos”, resume.
Su rutina termina como empezó: guardando con cuidado el material, protegiendo las pulseras para que no se mojen y dejando alguna a la vista “por si viene alguien despistado” a última hora.
La historia de Ángel muestra la otra cara de muchos oficios invisibles: trabajos duros, sin red, donde la libertad se paga con incertidumbre. Como él mismo dice, no es solo vender pulseras, es “buscarse la vida” cada día.

