Bajar la persiana después de toda una vida no es fácil y sino que se lo digan a Miguel, dueño de una tienda de ropa en Guareña (Badajoz), que se jubila tras casi 50 años vendiendo ropa. Una tienda que abrió su padre en 1951 y que él continuó, estando al frente hasta que le ha llegado el momento de decir adiós. Ahora, recién jubilado, reconoce que vive este momento con “sentimientos encontrados”.
“Hasta ahora, desde que me jubilé el día 27, he tenido más trabajo todavía que antes”, explica entre risas en una entrevista en el canal de YouTube de ‘Canal Extremadura’. Acostumbrado a llegar cada mañana a su tienda y pasar allí el día “tranquilito”, la rutina le ha cambiado de golpe. “Ahora tengo muchísimas cosas que hacer; mi jornada laboral ya terminó, ya estoy más ocioso”, asegura, desmontando esa idea de que la jubilación es sinónimo de descanso.
"Mi jornada laboral ya terminó, entonces ya estoy más ocioso", admite Miguel.
Miguel tomó el relevo del negocio familiar después del servicio militar. “Me hice cargo del negocio a los dos días”, recuerda. Desde entonces han pasado 44 o 45 años, “no sé exactamente cuánto”, dedicados solo a su comercio. Una vida entera tras el mostrador, viendo pasar generaciones de vecinos, modas y cambios en el consumo.
“La gente me quiere y me ha echado de menos”
El cierre no responde a una mala racha ni a la falta de clientela. Al contrario. Miguel se va con la sensación de haber hecho bien las cosas. “Siempre he tenido artículos de buena calidad”, afirma, convencido de que esa ha sido una de las claves para mantenerse en activo durante tantos años.
El momento de echar el cierre ha sido especialmente emotivo. En los días posteriores, varios vecinos han pasado por la tienda al verla vacía. “Qué raro se hace verla así”, le comentaban. Él lo tiene claro: “Yo estoy muy orgulloso del tiempo que he estado aquí porque la gente yo sé que me quiere”.
Ese reconocimiento, tanto del consistorio como de familiares y clientes, es uno de los mayores premios que se lleva tras décadas de trabajo. “Me han echado de menos, sí”, dice con una mezcla de satisfacción y nostalgia.
Uno de los aspectos más delicados ha sido el relevo generacional. Miguel tiene tres hijos y los tres “están bien situados”, cada uno con su profesión y su propio camino. Pero ninguno ha querido continuar con el comercio. “No quieren negocios, no quieren comercios”, explica sin reproche.
Entiende que cada uno debe vivir su vida y buscar su felicidad. “Ellos son felices con lo que tienen y con lo que hacen, y ya está. Yo encantado de ellos”, afirma. Aun así, reconoce que no es fácil asumir que aquello que ha marcado tu identidad durante décadas no tendrá continuidad familiar.
Porque para Miguel el comercio no ha sido solo un medio de vida, sino su vida. “Toda la vida he estado en el comercio”, resume. Por eso habla de “una primera cerrada” con un punto de vértigo. Después de tantos años madrugando para abrir la tienda, atendiendo a clientes de toda la vida y aconsejando sobre tallas y tejidos, ahora toca aprender a gestionar el tiempo libre.
Lejos de mostrarse triste, Miguel transmite serenidad. Orgulloso del trabajo hecho, agradecido por el cariño recibido y consciente de que las etapas se cierran cuando toca. Guareña pierde un comercio histórico abierto desde 1951, pero él se lleva algo que no se puede contabilizar en cajas ni balances: el afecto de un pueblo entero.
Y eso, después de casi 50 años detrás de un mostrador, pesa más que cualquier prenda colgada en una percha.