Jubilados mayores de 100 años: “A los 6 años ya estaba yo guardando cochinos, cabras y animales en el campo”

Estos centenarios cuentan sus vivencias tras vivir penurias desde pequeños, pasar hambre en la posguerra y tener que trabajar desde niños.

Jubilados mayores de 100 años: “A los 6 años ya estaba yo guardando cochinos, cabras y animales en el campo” |Youtube 'Canal Sur'
Fecha de actualización:

Llegar a los 100 años no es moco de pavo. Mucho han tenido que vivir esas personas para ser centenarios: una posguerra, una emigración, una mili de tres años o una infancia donde jugar era un lujo. En el programa Centenarios de Canal Sur, cuatro andaluces con más de un siglo de vida repasan cómo era crecer cuando la vida no te lo ponía fácil.

Estos jubilados centenarios tenían que trabajar “de sol a sol”, en una época en la que no existía el salario mínimo, y conseguir techo y comida era suficiente. Muchos tenían que cambiar leche por pan o hasta cruzar el Atlántico vendiendo la casa familiar para cambiar de vida. Y, aun así, cuando se les pregunta cómo están, muchos responden igual: “Muy requetebien”.

“Yo ya cuando vine aquí ya era edad de trabajar”

Manolo, hijo de Mercedes, es uno de los centenarios que tenían que trabajar desde muy niños y no precisamente en una oficina… . “A los 6 años ya estaba yo guardando pavos y cochinos y cabras y animales en el campo”, explica este jubilado.

No había tiempo para juegos. “Yo cuando vine aquí ya era edad de trabajar y lo que hacía era trabajar todos los días y no tenía tiempo para jugar”, recuerda Manolo. La escuela, cuando la había, era precaria. Benito, conocido como “Matito”, lo recuerda así:

“Una lastra negra y cogíamos una piedrecilla y hacíamos los números y las letras y allí así lo enseñábamos”.

Por la noche, un vecino reunía a los niños para enseñarles a escribir. “Sabe leer, lee todo lo de la tele, lee muy poco a poco, pero sabe leer y luego escribir y sabe firmar, cosa que mi madre firmaba con el dedo”, cuenta su hija.

José Manuel de Lara, poeta onubense nacido en 1929, tampoco lo tuvo fácil: “Por circunstancias de la época no fui al colegio”. Y recuerda que “había que irse a Sevilla a la universidad y no todo el mundo tenía posibilidades”.

Sin libros, se inventaba historias en el soberado, el lugar donde se guardaba el trigo:

“Como apenas tenía libro para leer, me tenía que leer a mí mismo”.

“Un año y tres días hasta que me dijo que sí”

En los años 40 y 50 no existía Tinder, solo esperar a que la otra persona algún día le correspondiera. José Manuel tardó “un año y tres días” en conseguir el sí de Pepita.

“Pepita, solo quiero que me digas sí o no”, le escribió en una de sus primeras cartas.

Cuando por fin lo logró, fue corriendo a celebrarlo a la plaza. “Por fin tengo el sí que no me dio”, celebraba el amor conseguido.

Recuerda que entonces “no había esa prisa”. Los noviazgos eran largos y vigilados. Hoy, opina que “ya no hay esa sensibilidad, esa delicadeza”.

Benito, en cambio, reconoce entre risas que fue “muy ligón”:

“Cuatro o cinco, ¿para qué nos vamos a engañar? Ni guapa ni fea, del montón”.

Se casó con 39 años. Y aún con 100, cuando suena un pasodoble, se levanta a bailar.

“Vendieron la herencia para pagar los pasajes”

La historia de Emilia es la de miles de andaluces que hicieron las Américas. En 1950 vendieron la casa familiar para pagar los billetes a Argentina.

“Pues mis padres vendieron la herencia de mi madre, una casa en Jete, para pagar los pasajes y no alcanzaba para mucho más”, explica su hija.

El viaje no fue sencillo. Emilia enfermó de un ojo antes de llegar a Buenos Aires y casi la obligan a regresar a España. Logró bajar del barco con un sombrero y unas gafas para ocultar la infección.

Aun así, cuando le preguntan por su vida, responde sin dramatismos:

“Bien, como siempre”.
“Lo más hermoso de la vida”.

En Argentina siguieron viviendo “como andaluces”: matanzas, migas, pucheros. Décadas después regresaron. “Mi madre fue y será extraordinaria toda la vida”, dice su hija.

“Nunca he pasado hambre”

Benito pasó 20 años de pastor. Dormía en la sierra, cambiaba leche por pan y aprendió a sobrevivir.

“Todo era cambio”.
“Nunca he pasado hambre”.

Cuando vendió las ovejas por dos millones de pesetas, cosió un bolsillo interior en la chaqueta para guardar el dinero: “Donde vaya yo, va mi dinero conmigo”.

Hizo la mili tres años. Caminaba kilómetros bajo la lluvia. Y aun así, con 100 años, asegura:

“Yo estoy muy bien. Muy requete bien”.

Trabajar para los “señoritos”

Mercedes y su marido trabajaron durante décadas en un cortijo cordobés. Él como guarda; ella como casera y cocinera. Cuidaban la finca y también a los hijos de la familia.

“Ella que trabajaba más que nadie”, recuerda su hija. “Ha ayudado a todo el mundo que ha podido”, añade.

Hoy, con 100 años, a veces olvida nombres, pero no el baile. Cuando le preguntan si bailaba, responde:

“Claro que bailamos. Así. Mira”.

“La vida entonces era dificilísima”

Si hay una idea que se repite es la comparación con el presente. Para José Manuel, “la vida entonces era comparada con la de hoy, dificilísima”, haciendo alusión a que antes lo tenían más difícil que ahora.

Aulas con 50 alumnos, sin calefacción. Pupitres que los propios estudiantes lijaban a final de curso. Trabajos desde la infancia. Guerra y exilio.

Pero también resiliencia. El narrador lo define como “esa capacidad de resistencia, de lucha, de esfuerzo continuo”.

Quizá por eso, cuando se les pregunta cómo se llega a los 100, no hablan de dietas milagro ni de fórmulas secretas. Hablan de trabajo, de familia y de seguir activos.

“Yo he aprovechado la vida. Espero que sí”, dice el poeta.

“Todo mu requete bien”, repite Benito.

“Lo más hermoso de la vida”, resume Emilia.

Y al final, como dice la voz en off del programa, lo que queda no son los años, sino cómo se vivieron:

“Si la vida son dos días o 100 años, nadie lo sabe hasta que pasa. Y cuando pasa, ya es tarde si no lo hemos aprovechado”.

Otras noticias interesantes

Lo más leído

Últimas noticias