Javier abre el bar Pou Café Tapes a las siete de la mañana y no baja la persiana hasta las once de la noche todos los días. Lo que empezó como un proyecto familiar para mantenerse activo se ha convertido en una carrera de fondo para pagar todas las facturas.
Sin margen suficiente para contratar, su esposa y su nuera son su único soporte en un negocio donde el tiempo y las deudas dictan la sentencia diaria. “Yo llegaba a las tres o cuatro de la mañana pensando que al día siguiente tenía que pagar facturas y no sabía de dónde sacar el dinero”, confiesa a Eric Ponce en su canal de Youtube.
“Les duele que suba el precio 10 céntimos”
En España, la hostelería recoge a 185.000 bares que representan un pilar fundamental del PIB. Sin embargo, el sector vive una dualidad muy complicada. Según datos de la Encuesta de Población Activa (EPA), la hostelería es uno de los sectores con mayor prevalencia de autónomos y jornadas que exceden habitualmente las 40 horas semanales.
Mientras los costes de suministros y materias primas han subido una media del 15% al 20% en los últimos años, pequeños empresarios como Javier se resisten a trasladar ese aumento al cliente por miedo a perderlo. “Es mucho más complicado que les suba 10 céntimos a los productos que consume la gente del pueblo porque les duele”, explica, a la vez que detalla que los precios, tanto en terraza como dentro del mismo bar, son los mismos.
Y es que, mientras el turismo bate récords de gasto en las grandes ciudades, el bar de barrio o de pueblo lucha por la mera subsistencia. Datos de la Federación Nacional de Asociaciones de Trabajadores Autónomos (ATA) revelan que el 70% de los autónomos españoles no tiene empleados a su cargo por la imposibilidad de afrontar los costes sociales.
Javier es un claro ejemplo de ello. Su falta de experiencia previa y la presión de clientes con el tiempo medido, como empleados de banca o ayuntamientos, han mermado su resistencia. “Viene mi nuera a ayudarme porque no puedo pagar un empleado”, admite el hombre.
“Un bar no es para hacerse rico”
Al mantener los precios iguales en barra y terraza, desafía la rentabilidad hostelera en un intento desesperado por mantener la clientela fiel. Para él, el éxito no se mide en beneficios, sino en seguir teniendo los mismos clientes.
“Un bar no es para hacerse rico sino para ganarse la comida para la familia y para uno mismo”, afirma. Sin embargo, cada día se cuestiona cómo se sostienen los demás bares porque, asegura que, “yo estoy en la ruina total” aún trabajando hasta 16 horas al día de lunes a domingo.