Un jubilado español explica cómo ha cambiado de vida de forma radical tras dejar atrás España y mudarse a Tailandia, un destino cada vez más atractivo ya no solo para viajar sino también para establecerse y vivir los últimos años de vida. En una entrevista con Sergio Castillo publicada en su canal de Youtube, Alberto ha dado los motivos principales para decidir jubilarse allí: con una pensión pequeña es posible vivir sobradamente debido a que todo es más barato y encima “se vive muy bien”, como él mismo asegura.
Pero lo que más le ha sorprendido sin duda ha sido el precio de la vivienda, ya que tiene una diferencia abismal con España. “Pagué 62.000 euros por mi casa, algo impensable en España”, afirma Alberto, un exbanquero que vive en Udon Thani desde hace ya 12 años. Este jubilado asegura que el bajo coste de vida, la tranquilidad y el cambio de mentalidad hacen que no se plantee volver.
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La sensación cada vez que vuelve regresa a España para visitar a la familia es clara: “A las tres semanas ya estoy pensando en volver”, confiesa acerca de lo que siente cuando vuelve a sus orígenes. Su casa, asegura, ya no está allí, sino en Tailandia.
Alberto estuvo toda la vida trabajando en el sector bancario. Pudo jubilarse anticipadamente y, como tantos otros, imaginaba esa etapa como un cambio progresivo: más descanso, algún viaje esporádico y una vida tranquila en España. Nada hacía pensar que acabaría fijando su residencia a miles de kilómetros. Sin embargo, su historia dio un giro cuando conoció a su actual esposa, tailandesa y considerablemente más joven. “La elección era clara: o España o aquí. Vivir seis meses en cada sitio es inviable económicamente”, explica.
En Tailandia “no hay estrés”
Más allá del vínculo personal, el cambio tuvo mucho que ver con su forma de entender la vida. “Aquí el ritmo es otro. No hay estrés. No conozco a nadie que viva con prisas”, afirma. Udon Thani, la ciudad donde reside, está alejada del turismo masivo y de los grandes lujos, pero ofrece algo que Alberto considera esencial: calma. “Sales a la calle y nadie pita. Nadie te empuja. Si el semáforo se pone en verde y el coche de delante no arranca, se espera”, asegura.
Su rutina diaria es simple. Se levanta sin despertador, desayuna con tranquilidad y dedica las mañanas a leer prensa española e internacional. Almuerza temprano, alrededor de las once, y por la tarde sale a hacer ejercicio a un parque cercano. “Aquí todo es verde, hay un lago y la gente viene a caminar o correr. Luego ducha, cena pronto y una serie antes de dormir. Antes de las once estoy en la cama”, cuenta.
La pensión da para mucho más y la vivienda es más barata
Vive en una casa humilde pero con bastante espacio, que adquirió por unos 62.000 euros. Según sus cálculos, alquilar una casa similar no costaría más de 200 euros al mes. Los gastos habituales son muy bajos: la tasa de basura es casi simbólica, la sanidad pública resulta asequible y los seguros privados no suponen un gran desembolso. “Yo me operé aquí y no pagué nada. Salí del hospital sin pasar por caja”, relata.
La pensión también cunde mucho más. “Con lo que en España sobrevives, aquí vives muy bien”, resume. No lo atribuye únicamente al factor económico, sino a un conjunto de elementos que influyen en el bienestar diario: seguridad, clima, alimentación accesible y relaciones sociales menos tensas. “Aquí la gente tiene poco, pero vive feliz. Eso te cambia la perspectiva”, reflexiona.
Eso sí, Alberto evita idealizar su experiencia y reconoce que no todo es sencillo. El idioma continúa siendo un obstáculo y la adaptación cultural exige paciencia. “Aquí cuesta decir que no. Si pides algo imposible, te dirán que sí… y luego no llegará”, comenta con humor. Con el tiempo, aprendió que perder los nervios no conduce a nada. “Chillar aquí no funciona. Te miran como si estuvieras loco”, añade.
Su relación de pareja también se basa en el equilibrio y el respeto mutuo. Comparten vivienda, pero cada uno mantiene su propio espacio. Duermen en habitaciones distintas ,él ronca y ella necesita dormir con la televisión encendida, y no sienten la necesidad de hacerlo todo juntos. “Nunca he estado tan tranquilo”, repite.
Alberto no se presenta como un ejemplo a seguir ni intenta convencer a otros de que sigan sus pasos, aunque sí lanza una advertencia a quienes sueñan con jubilarse fuera: “Hay que venir con la mente abierta. Y con control. Todo es barato, pero si compras lo que no necesitas, sale caro”. A sus 66 años no hace grandes planes, ni los echa en falta. “La hora de irse a dormir llega igual, estés ocupado o no”, dice. Vive feliz en Tailandia y, por ahora, no contempla el regreso.