La transición hacia la jubilación representa para muchos trabajadores un salto al vacío. Dejar atrás una rutina laboral consolidada durante décadas no solo supone un cambio en las finanzas personales, sino también, en muchas ocasiones, una profunda crisis de identidad. El temor a dejar de sentirse útil o a perder el estatus que otorga el trabajo es un reto psicológico común entre quienes alcanzan la edad de retiro.
Este es el caso de Vickie Hardin Woods, una estadounidense que, al jubilarse a los 61 años tras una exitosa carrera como urbanista, supo que necesitaba un plan de acción urgente. "Me preocupaba perder mi identidad profesional, que había forjado con tanto esmero. Buscaba algo que me ayudara a superar ese momento... ¿Qué más podía ser?", confiesa en una reciente entrevista concedida al diario británico The Guardian.
Un diagnóstico inesperado y un pastel al día
La necesidad de mantenerse activa no era solo una cuestión de adaptación a su nueva vida sin horarios de oficina. El año anterior a su jubilación, a Hardin Woods le habían diagnosticado un deterioro cognitivo leve. Lejos de paralizarse, decidió hacer frente a la situación estimulando su cerebro. “Intentaba demostrarme a mí misma que todavía podía pensar y ser creativa”, señala.
En lugar de centrarse en lo que dejaba de ser, decidió enfocarse en hacer algo nuevo. La solución que encontró requería dedicación diaria: hornear un pastel cada día durante un año entero, utilizando ingredientes frescos de su hogar en Salem (Oregón), con el propósito exclusivo de regalarlo. “Sabía que me haría contactar a alguien todos los días, para no estar aislada en casa. Y me dio una rutina”, explica sobre el origen de su iniciativa.
El proyecto comenzó el primer día de su jubilación. Viajó a California para visitar a su hermano y allí horneó su primera creación: una tarta de merengue de limón para su tía Carolyn, de 88 años. Para Vickie, fue un acto de gratitud. De adolescente, se había mudado con sus tíos cuando su madre enfermó. “Me dieron estabilidad”, recuerda. “Allí realmente aprendí lo que era una familia... Fue la primera tarta perfecta”.
La 'señora de los pasteles' contra el aislamiento social
Al día siguiente, la destinataria fue una amiga del instituto con un pastel de durazno. Después, llegó un pastel de crema de chocolate para su sobrina, que acababa de tener gemelos. Al principio, la magnitud del reto la abrumó ligeramente: "No estoy segura de haber entendido bien en qué me estaba metiendo", bromea.
Sin embargo, no se detuvo. Antiguos compañeros de trabajo, camareros, dependientes del supermercado y desconocidos en la calle comenzaron a recibir sus postres. Un día, entregó un pastel a un hombre sin hogar frente a un centro comercial, quien lo compartió con sus amigos.
Las reacciones se convirtieron en su mayor recompensa. Escuchar a la gente decir "¿Cómo supiste que necesitaba esto hoy?" o "¡Nadie me había regalado nada antes!" resultó profundamente conmovedor para ella. A medida que corría la voz por Salem sobre su proyecto y el blog que abrió para documentarlo, pasó a ser conocida cariñosamente como "la señora de los pasteles".
Del caos a la planificación: el paralelismo con su profesión
Durante más de 30 años, Hardin Woods trabajó como urbanista. Descubrió su vocación al ver que la planificación territorial "requiere tiempo, caos, muchos componentes diferentes, los integra y los convierte en algo manejable". Esa necesidad de orden nació de una juventud inestable: a los 18 años, en 1970, fue madre en un contexto difícil tras enamorarse de un desertor de la guerra de Vietnam. Aunque reconoce que fue "muy traumático", asumió el control de sus decisiones para sacar adelante a su familia.
Hoy, a sus 74 años, encuentra un claro paralelismo entre su antigua profesión y la repostería: “Tomas un montón de ingredientes y creas algo con ellos”. Doce años después de embarcarse en aquel reto, Hardin Woods sigue reinventándose con nuevos proyectos, como pintar o escribir un libro sobre su dulce experiencia, tras llegar a ganar el premio Best of Show en la feria estatal.
Para Vickie, el envejecimiento activo le ha dejado una lección mucho más valiosa que cualquier receta: "Lo que realmente me ayudó fue comprender que podía hacer cosas nuevas. Y mi identidad profesional no era crucial para mi identidad". Un espíritu generoso que sigue intacto: “Incluso ahora, después de conocer a alguien, pienso: 'Hay una persona a la que me encantaría darle un pastel'”.

