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Un anciano de 80 años vive solo en una casa de adobe centenaria: recoge agua de un pozo, tiene cocina de leña y una rutina que se resiste a la modernidad

En pleno siglo XXI, Francisco Matias desafía la tecnología y conserva el modo de vida sencillo que heredó de sus padres.

El anciano en la puerta de su casa
El anciano en la puerta de su casa |YouTube Felipe Sena
Lucía Rodríguez Ayala
Fecha de actualización:
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Mientras el mundo avanza a pasos agigantados con la Inteligencia Artificial, y cada vez hay más viviendas equipadas con domótica, algunos se niegan a abandonar las viejas costumbres. Y es el caso de este anciano brasileño que a sus 80 años mantiene vivas las tradiciones rurales y vive en una casa de adobe construida en 1920, en la que no tiene cocina eléctrica ni agua corriente.

Según recogen desde CPG, la rutina de Francisco Matias, más conocido como Seu Chiquinho, parece un salto a otra época. Vive solo en la misma casa de barro y madera donde nació, levantada por su padre hace más de un siglo. Allí, entre muros de arcilla y techos frescos, los días pasan a un ritmo que ya casi nadie recuerda.

Lo sorprendente de la vida de Seu Chiquinho no es solo su casa, sino su forma de habitarla. No dispone de agua corriente y cada semana tiene que extraerla de un pozo, cargarla en carretas y guardarla en vasijas de barro que mantienen la frescura de manera natural. La cocina tampoco es eléctrica ni de gas, funciona con leña que él mismo recoge. 

Las tareas del campo siguen marcando la jornada del anciano. Tras el desayuno, según se documenta en el canal de YouTube Felipe Sena, sale a limpiar maleza, arreglar cercas, preparar pequeñas áreas para la siembra o simplemente a contemplar el río Feitos, que atraviesa la aldea. La casa, que resiste el paso de las décadas, la va renovando poco a poco con sus propias manos, recoge piedras del entorno y usa cemento solo cuando es estrictamente necesario, siempre buscando conservar el espíritu original de la construcción.

Una vida sencilla manteniendo las viejas tradiciones 

Seu Chiquinho nunca se casó, pero las visitas de amigos, vecinos o curiosos no faltan ningún día. “Siempre hay alguien que viene a pasar media hora, un ratito”, dice, convencido de que vivir solo no es estar aislado si uno cuida la hospitalidad.

Con los años, este hombre ha visto desaparecer muchas de las costumbres rurales, pero él sigue fiel a su manera de vivir. Prefiere el sabor del café hecho en fogón, el agua fresca de cántaro y la rutina sencilla del campo, lejos del ruido y la prisa de la ciudad, donde ya probó suerte, sin convencerle.

Atribuye su buena salud a una vida activa, a la alimentación natural y a no dejarse vencer por el tiempo. “Me considero un hombre mayor”, dice sin nostalgia, aceptando el ciclo de la vida. Para él, la espiritualidad y la aceptación son parte de la vida diaria. Dice que Dios es “un espíritu universal, más grande y más fuerte que todo”, y afronta la vejez con la tranquilidad de quien sabe que ha vivido fiel a sus principios.