En los últimos años, miles de venezolanos han llegado a España empujados por la crisis de su país durante la dictadura de Maduro y por la búsqueda de un futuro más estable. Entre ellos está Claudia, una madre que reside en España desde hace cuatro años y que ha contado en una entrevista para el canal de YouTube de EYAMAA el proceso de migración y regularización que afrontó tras abandonar Venezuela con su hijo.
La decisión de marcharse se precipitó tras un apagón nacional que dejó al país sin electricidad durante varios días, cuando su hijo tenía apenas tres meses. “Ahí fue cuando hice clic y dije ‘me tengo que ir’”, recuerda. Ese episodio marcó el inicio de un recorrido administrativo y vital largo y complejo, en el que pasó un año sin poder trabajar legalmente y dependió de recursos de acogida gestionados en su mayoría por la Iglesia.
Iglesias, fundaciones y un año sin empleo legal
La llegada a España no supuso una incorporación inmediata al mercado laboral ni una estabilidad residencial. Durante los primeros meses, Claudia y su hijo vivieron en una casa parroquial, pasaron por un convento y, más tarde, fueron alojados en un hotel a través de una fundación. “Te dan comida y vivienda, pero dinero casi nada. No te falta lo básico, pero no puedes permitirte nada más”, explica sobre ese periodo de acogida.
El proceso de regularización se prolongó durante más de dos años e incluyó distintas fases administrativas, desde la solicitud de asilo hasta la obtención de la residencia. Durante ese tiempo, Claudia vivió en una situación de incertidumbre permanente y tuvo que enfrentarse a gestiones diarias para las que no tenía referencias previas, como escolarizar a su hijo o entender el funcionamiento de la burocracia española. “Cuando eres inmigrante, todo funciona como ensayo y error”, resume.
Una vez obtenida la autorización para trabajar, encadenó distintos empleos en sectores diversos. Fue cajera, pescadera, trabajó en una empresa de telecomunicaciones y actualmente lo hace en una compañía de materiales de construcción. La mayoría de esos trabajos los consiguió a través de portales de empleo como InfoJobs, gracias al cual asegura que ha conseguido “un montón” de trabajo. Además, señala que “en España hay trabajo, pero no siempre permite vivir holgado”, aunque subraya que los ingresos le han permitido cubrir las necesidades básicas.
“Nunca me he sentido desplazada”
Lejos de los discursos que presentan la inmigración como un problema, Claudia asegura no haberse sentido rechazada por su origen. Destaca, además, la convivencia con personas de distintas nacionalidades durante su estancia en los recursos de acogida y la solidaridad entre quienes compartían una situación similar. “Ahí había venezolanos, peruanos, colombianos, africanos… todos estábamos igual”, recuerda.
El objetivo que sostiene su proyecto de vida en España es su hijo. “Yo quizá no pueda establecerme del todo, pero si él puede estudiar, ir al hospital y elegir qué quiere hacer con su vida, yo me doy por servida”, afirma. A otras madres venezolanas que se plantean emigrar, les advierte de la dureza del inicio y del peso de la nostalgia, pero también de la tranquilidad que ofrece un entorno estable. “No se trata de ser millonarios, sino de vivir tranquilos”, concluye.

