La imagen de Bali como simple paraíso vacacional ha quedado atrás para dar paso a un nuevo ecosistema de negocios digitales liderado por mujeres que han roto con lo convencional.
Aunque las redes sociales suelen mostrar la cara más amable de la isla indonesia, un grupo de emprendedoras españolas ha decidido hablar con transparencia sobre la realidad económica y vital que les empujó a emigrar.
Cansadas de las estructuras laborales rígidas de España, estas profesionales han encontrado en el Sudeste Asiático no solo una nueva residencia, sino una forma de entender el trabajo donde la rentabilidad y el tiempo personal no están reñidos.
La renuncia al sistema tradicional
Judith, experta en automatización de YouTube y escritora, encarna el rechazo al modelo de oficina tradicional tras su paso por un trabajo de ocho horas en Barcelona.
La emprendedora se muestra tajante al recordar su etapa como diseñadora de producto, asegurando en el canal de YouTube de Adrián Sáenz, que aquel ritmo de vida no encajaba con ella: “Dije 'Esto no es lo que quiero, esto no es lo que quiero yo para mi vida'”.
Para Judith, la ecuación es clara y dolorosa para muchos empleados: permanecer en un sitio que no te satisface durante “8 o 9 horas al día” significa entregar “tu tiempo” y, por ende, “tu vida”.
Su crítica más dura va dirigida a la falsa seguridad del empleo fijo. Según explica, el tiempo que invierte ahora en sus propios proyectos es para su futuro, “no para un jefe que te puede reemplazar mañana literalmente”.
La realidad detrás de los 20.000 euros
Más allá de la libertad horaria, el tabú del dinero también se rompe en esta comunidad de expatriadas. Sofía, entrenadora personal online, confirma que el sector digital permite alcanzar una facturación que en el mercado laboral español sería difícil de imaginar, aunque matiza que no es fruto del azar, sino del “grado de implicación” de cada uno.
Al desglosar las cifras, Sofía revela que “puedes llegar a facturar 10, 15 o incluso 20.000 al mes”, pero explica que esta cantidad no es un sueldo fijo, sino el resultado de escalar el negocio. Según detalla, esto se logra sumando planes de entrenamiento (que oscilan entre 80 y 150 euros), la gestión de un gran volumen de clientes —para lo cual ya es necesario tener “un equipo detrás”— y los ingresos extra que pagan las marcas por publicidad en redes sociales.
Esta visión de abundancia la comparte Leire, dedicada al marketing digital, quien destaca lo accesible que resulta generar ingresos una vez se entiende el ecosistema de la isla: “Cuando vienes aquí te das cuenta de lo fácil que es ganar dinero, o sea es que es increíble”.
Choque cultural y falta de ambición
Sin embargo, emprender en Bali no está exento de fricciones, especialmente cuando se trata de gestionar equipos locales.
Gisela, propietaria de una empresa textil que produce en Indonesia, advierte que la imagen idílica de Instagram choca frontalmente con la cultura de trabajo del país.
La empresaria relata que “es complicado trabajar con indoneses” debido a una diferencia fundamental en la mentalidad laboral.
Según su experiencia, los trabajadores locales “viven muy al día, no tienen planes a largo plazo, entonces no tienen esta ambición de querer ganar dinero”. Esta realidad le ha obligado a desarrollar una “paciencia” extrema para sacar adelante sus producciones en un entorno donde las ceremonias religiosas y la vida relajada priman sobre la productividad occidental.

