Mientras el campo español envejece y la falta de relevo generacional se hace cada vez más patente entre cifras preocupantes, la esperanza a veces aparece donde menos se espera. En Palacios de Goda, un pequeño municipio de la provincia de Ávila, Carlos Romo tiene solo 10 años y ya lo tiene claro: de mayor quiere ser agricultor. No es ninguna broma, es una vocación que le viene desde los cuatro años, cuando empezó a acompañar a su padre al campo.
“Me venía con mi padre y veía cómo lo llevaba todo para que me enseñara”, explica en una entrevista emitida en ‘Castilla y León Televisión’. Hoy, con una naturalidad impropia de su edad, habla de poner en marcha el pívot, de la cobertura o de arar y segar, las tareas que más disfruta cuando llega el fin de semana.
Durante el curso escolar, Carlos reparte su tiempo entre el colegio y el campo. Los viernes, sábados y domingos los pasa como tractorista, subido a un tractor ‘Fendt 826’ que, según cuenta orgulloso, eligió él mismo cuando se lo regalaron por la comunión, aprendiendo cada detalle del trabajo agrícola. “Aprendo todo: cómo se sembraba, cómo se araba, cómo se echaba abono. Yo siempre pido que salga bien la cosecha el año siguiente y tener salud”, resume.
“Lo que dicen los libros no es del todo verdad”
Más allá de la imagen llamativa de un niño conduciendo un tractor, el discurso de Carlos sorprende por su profundidad. Especialmente cuando habla de educación. En el colegio, confiesa, echa de menos que se explique qué es realmente la agricultura y el esfuerzo que hay detrás de cada alimento.
“Lo que ponen los libros no es verdad”, afirma con rotundidad. “Dicen que los productos se obtienen de la naturaleza, y no es así. Se obtienen del esfuerzo de los agricultores”. Para él, esa diferencia es clave: detrás de una zanahoria o una patata hay inversión, trabajo, horas de riego, de sembrar y de cuidar la tierra para que otros puedan comer.
Por eso lanza una propuesta que muchos adultos no han sabido plantear: crear una asignatura de agricultura en los colegios. “Me gustaría que hiciéramos un huerto en el jardín del colegio, un día a la semana, para ver cómo funciona”, explica. Una forma sencilla, pero poderosa, de que sus compañeros entiendan de dónde viene la comida que llega a casa cada día.
Campo y fútbol: dos mundos muy distintos
Como cualquier niño de su edad, a Carlos le gusta jugar al fútbol. Reconoce que el deporte es importante para el cuerpo, pero no duda cuando compara ambas profesiones. “Para mí es mucho más importante ser agricultor”, asegura. Y esta idea la apoya diciendo que “los futbolistas juegan al fútbol y solo ganan dinero”.
En su escala de valores, el dinero no ocupa el primer lugar. Producir alimentos, alimentar a los demás y cumplir una función esencial para la sociedad pesa mucho más. “Siendo agricultor eso es lo que menos se necesita. No hace falta mucho dinero, solo para los pívots y pagar lo demás”, explica con una lógica que desmonta muchos discursos adultos.
Carlos no idealiza el campo, pero lo entiende. Sabe que hay esfuerzo, gastos y sacrificios, y aun así lo elige. Y lo hace con una claridad que contrasta con la desconexión creciente entre las nuevas generaciones y el mundo rural.
Una lección que viene del campo
En un momento en el que la agricultura lucha por atraer a jóvenes y por ser reconocida como un pilar estratégico, la voz de Carlos Romo resuena con fuerza. No habla de ayudas, ni de políticas agrarias, ni de burocracia. Habla de respeto, de conocimiento y de educación.
Quizá la solución al relevo generacional no esté solo en despachos ni en campañas institucionales, sino en escuchar a niños como Carlos. En enseñar desde pequeños que la comida no aparece en los supermercados por arte de magia, sino gracias al trabajo silencioso de quienes cuidan la tierra.
Con 10 años, Carlos ya lo tiene claro. Antes de dedicarse profesionalmente al campo, quiere formarse y estudiar. Pero su objetivo no cambia: ser agricultor y producir comida. Una vocación temprana que, en tiempos de abandono rural, vale más que muchos discursos.

