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Pascual, agricultor, explica las pérdidas económicas tras varios años malos: “Varios cientos de miles de euros, 300.000 o 400.000”

Este agricultor explica lo difícil que es tener un cultivo ecológico, por culpa de las normativas europeas.

El agricultor con el entrevistador comiendo un tomate en su finca
Pascual, agricultor, explica las pérdidas económicas tras varios años malos: “Varios cientos de miles de euros, 300.000 o 400.000” |Youtube 'Archie Ted’
Antonio Montoya
Fecha de actualización:
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La agricultura es uno de esos trabajos esenciales de los que todos dependemos, pero que muy pocos conocen de verdad. Jornadas largas, inversión constante, riesgos climáticos y precios que no siempre cubren los costes. Un trabajo duro que ya pocos quieren desempeñar, de ahí que cada vez veamos a más inmigrantes trabajando en el campo. Así lo cuenta Pascual, agricultor ecológico con una finca de 90 hectáreas, en una entrevista realizada por el creador de contenido ‘Archie Ted’, que durante un día entero se puso en su piel para entender qué significa realmente vivir del campo en España.

“Yo aquí me he dejado la vida”, resume Pascual mientras enseña sus tierras. No es una frase hecha. Su finca equivale a unos 45 campos de fútbol y requiere un mantenimiento diario que empieza mucho antes de que salga el sol. Preparar la tierra, plantar, regar, arrancar hierbas a mano, recolectar, seleccionar el producto, procesarlo y, finalmente, venderlo. Todo eso antes de que el consumidor vea una fruta en la tienda. Debido a la dureza del oficio, ya pocos jóvenes quieren trabajar en el campo, de ahí la falta de relevo generacional, como pasa en otros oficios tradicionales como el de fontanero o albañil.

Una mala campaña puede suponer pérdidas de “300.000 o 400.000 euros”

Pascual trabaja en agricultura ecológica, lo que implica no usar pesticidas ni herbicidas químicos. “Está todo muy regulado. Tenemos inspecciones, un cuaderno de campo donde se anota todo lo que se hace y cuándo se hace”, explica. A cambio, obtiene un producto natural, pero también más vulnerable.

Lo nota incluso la fauna. Cuenta que los corzos arrasaron con sus mangos ecológicos, mientras que los de un vecino que cultivaba en convencional, usando herbicidas, quedaron intactos. “Los animales son los más sabios”, dice con ironía.

A esto se suma la inversión en infraestructuras. Un tractor puede costar unos 50.000 euros, y una tormenta fuerte puede tirar abajo estructuras enteras. En su caso, los daños acumulados tras varios años malos le han supuesto “varios cientos de miles de euros, 300.000 o 400.000”. Golpes económicos que no siempre se pueden absorber.

Del campo al consumidor: aprovecharlo todo

En la finca no se desperdicia nada. Los melones o tomates que no cumplen los estándares estéticos no se tiran: se transforman. Con los melones defectuosos hacen una especie de mermelada que utilizan como edulcorante natural para su tomate frito, en lugar de azúcar. “Aquí se aprovecha absolutamente todo”, insiste.

El proceso es largo y manual. De cada cosecha de tomate, alrededor de un 10% se descarta por golpes o arrugas. El resto pasa por selección, lavado, corte, horno, macerado y envasado. Todo suma horas de trabajo que pocas veces se ven reflejadas en el precio final.

Jornales bajos para un trabajo duro

Durante la jornada, Archie también habla con Paco, uno de los trabajadores del campo. Lleva toda la vida en la agricultura y lo tiene claro: “Antes se ganaba más que ahora”. Hoy, un jornal puede rondar el salario mínimo, unos 7 euros la hora. “Es bajito para el trabajo duro que es”, reconoce el propio creador de contenido tras pasar horas arrancando hierbas y cargando melones bajo el sol.

La jornada empieza sobre las 8 o 9 de la mañana y se alarga hasta las 5 de la tarde, con temperaturas que fácilmente superan los 30 grados. Aun así, el margen del agricultor es mínimo.

“Jugamos con normas distintas”

Pascual pone el foco en uno de los grandes problemas del sector: la competencia desleal. “En Europa tenemos muchísimas normativas que cumplir, y eso está bien por la seguridad alimentaria. Pero los productos de fuera no juegan con las mismas reglas”, denuncia.

Lo explica con una comparación clara: “Es como jugar un partido de fútbol donde tú juegas con 11 y el otro con más jugadores y la portería más pequeña”. El resultado es un mercado en el que producir cuesta mucho y se vende barato.

El ejemplo más sangrante, según Pascual, es el de la sandía. “Este año están hundidas de precio. Al agricultor se le paga a 5 céntimos. Pérdidas totales”. Mientras tanto, los supermercados las usan como producto reclamo para atraer clientes, incluso vendiéndolas más baratas que iniciativas como la suya, pensadas para pagar un precio justo al productor.

Un oficio esencial sin relevo

Pascual creó su propia marca y canal de venta directa para intentar garantizar origen y precios dignos, pero reconoce que no es fácil. El margen es “muy fino” y cualquier error, tormenta o mala campaña puede arruinar años de trabajo.

Aun así, sigue adelante. Porque detrás de cada melón, cada tomate y cada sandía hay algo más que un precio en la etiqueta. Hay horas de trabajo físico, inversión, riesgo y una forma de vida que muchos dan por sentada.

La conclusión es clara y preocupante: si el campo no es rentable, se abandona. Y sin agricultores, no hay comida. “Producimos con costes de aquí, europeos, y nos pagan como si no valiera nada”, resume Pascual. Una realidad incómoda que explica por qué cada vez menos jóvenes quieren dedicarse a un oficio tan necesario como olvidado.