Ser agricultor en Almería no es solo cultivar tomates, pepinos o calabacines bajo plástico. Es también convivir con la incertidumbre, con los costes que no paran de subir y con un mercado que, muchas veces, paga al productor por debajo de lo que cuesta sacar adelante una cosecha. Así lo cuenta Fran Ibáñez, agricultor en La Mojonera y responsable de ‘Green Cooper’, en una entrevista con el divulgador ‘Toni El Biòleg’.
Fran no siempre se dedicó al campo. Se formó como economista, pero la tradición familiar terminó pesando. “Siempre estaba la tradición detrás. Si algo no te abre las puertas, siempre tienes la agricultura”, explica. Creció entre invernaderos, “comiendo arena” y correteando por los pasillos, como parte de una generación que ha vivido desde dentro el modelo agrícola almeriense.
Pero también reconoce que durante años ser agricultor estaba muy mal visto. “Mis abuelos me decían: ‘¿qué haces en el campo si has estudiado?’… parece como si estuviera denigrada la figura del agricultor”. Para él, esa visión responde a una cultura occidental que ha colocado la industria y los servicios por encima de la tierra, como si la agricultura perteneciera “a otro siglo”.
Cómo ha cambiado el campo desde los 90 hasta ahora
Fran recuerda cómo era trabajar en los años 90: “Era una agricultura de química y duro”. Fungicidas, insecticidas y cócteles de productos que dejaban olores fuertes y se aplicaban sin apenas protección. “Un pañuelo hasta la nariz como mucho”, dice.
Hoy, el modelo está cambiando. No solo porque muchos productos están prohibidos, sino porque las plagas se vuelven resistentes y el agricultor se queda sin herramientas. Por eso, cada vez se apuesta más por la lucha biológica y por un manejo integrado: abrir ventanas, controlar humedad, reducir tratamientos químicos al mínimo.
Fran pone un ejemplo claro: una plaga de oídio en berenjena que resolvió con medidas culturales y productos permitidos en ecológico. “Usé azufre mojable y jabón potásico”, cuenta, demostrando que el futuro del campo pasa por producir con menos química y más conocimiento.
¿Es viable vivir del invernadero? “Sí… y no”
La gran pregunta llega cuando Toni le plantea si hoy se puede vivir económicamente de ser agricultor. Fran responde sin rodeos: “Sí, no y depende”.
Para él, sería viable si todo fuese lineal: buena producción, cero plagas y precios estables. Pero la agricultura no funciona así. “No dependemos de nosotros mismos”, lamenta.
El problema es que el agricultor es pequeño y compite en un mercado global. “Estoy compitiendo a escala internacional… y Europa no me defiende ante un producto marroquí o turco”. Denuncia que muchos países terceros producen con normas sanitarias y laborales diferentes, lo que hunde los precios en origen.
A esto se suma otro factor clave: la mano de obra. En Almería casi todo se hace a mano. “Aquí mecanización cero. Se planta a mano, se recolecta a mano, la hierba se quita a mano”. Son explotaciones familiares, pequeños autónomos que trabajan para sacar adelante a sus hijos.
La guerra de precios: del campo a un euro en el supermercado
Uno de los momentos más duros de la entrevista llega cuando Fran habla del precio real de los alimentos. Cuenta que tuvo que arrancar un cultivo de calabacín después de solo tres meses porque se pagaba a 25 céntimos.
“Yo no he visto ningún calabacín en menos de un euro en un supermercado”, denuncia.
¿Dónde está esa diferencia? Fran lo tiene claro: en la cadena alimentaria, en los intermediarios y en un sistema que destruye producto para mantener precios. “Gran parte de esa diferencia se paga para que se destruya”, explica.
La consecuencia es devastadora: agricultores tirando cosechas enteras porque venderlas es perder dinero.
“Prefiero que se lo coman las cabras antes que malvenderlo”
Fran resume la frustración con una frase que golpea: “Yo he llegado a estar más contento de ver a las cabras comerse mi cosecha que malvenderla”.
No es solo una cuestión económica, sino de dignidad. “Sé que otro va a sacar más dinero que yo por mi trabajo”, lamenta.
Para él, el campo necesita cambios urgentes: precios justos, menos desperdicio alimentario, más educación del consumidor y un reconocimiento real al agricultor.
Porque detrás de cada pepino doblado o cada calabacín arrancado antes de tiempo hay meses de trabajo, familias enteras y una profesión esencial que sigue sosteniendo la mesa de todos.

