Iniciar un negocio en el sector primario en España se ha convertido en una carrera de obstáculos donde la burocracia y los costes iniciales desincentivan a los jóvenes. Más allá del trabajo físico de la tierra, los agricultores que intentan establecer su propia marca se enfrentan a un sistema administrativo rígido que exige desembolsos importantes sin ofrecer garantías de viabilidad.
Esta es la denuncia que lanza Paula, una joven agricultora que ha explicado con crudeza la realidad de querer formalizar un proyecto agrícola hoy en día en el podcast de German, otro agricultor, Agrolife. Su queja no se centra solo en el esfuerzo del campo, sino en la barrera de entrada económica: “Los papeles y lo que cuesta todo”. Para ella, el sistema actual penaliza al emprendedor desde el minuto uno.
Una "aberración" de 3.000 euros sin garantías
El principal punto de fricción que señala Paula es la obligatoriedad de asumir gastos fijos y cuotas antes de haber generado el primer euro de beneficio. “Tú para hacer una empresa, primero pagas y luego ya veremos si facturas o para darte de alta autónomo. Eso me parece una aberración. Lo cojas por donde lo cojas”, sentencia con rotundidad.
La agricultora expone la falta de lógica comercial que supone este modelo para alguien que está empezando. Según explica, resulta inviable asumir pagos recurrentes sin tener la certeza de que el producto tendrá salida en el mercado: “Yo no puedo pagarte a ti X si yo no sé si ni mi negocio funciona”.
A la cuota de autónomos se suman los trámites específicos del sector, que multiplican la factura y la complejidad. Paula detalla que, por ejemplo, “para poder vender el vino me tengo que dar de alta como distribuidora” y que “tengo que crear una marca”, a lo que se añaden más gestiones si se busca la certificación ecológica: “Para poder vender el producto ecológico tienes otros papeles”.
Todo este entramado burocrático se traduce en una inversión inicial muy elevada para un trabajador por cuenta propia. “Estás conteniendo un coste de a lo mejor 2.000 o 3.000 euros, que es una barbaridad sin saber si lo vas a vender”, lamenta. El riesgo recae exclusivamente sobre las espaldas del agricultor: “Vale, que si me sale bien, perfecto, pero es que si me sale mal, eso lo he palmado yo”.
Falta de apoyo frente a otros países
La indignación de Paula aumenta al comparar la situación de España con la de otros países vecinos. A través del contacto con colegas del sector en el extranjero, la agricultora ha constatado que las facilidades para el emprendimiento fuera son mucho mayores. “En muchos países, porque yo hablo con gente de fuera, eso no lo tienen”, explica, refiriéndose a los costes fijos de inicio.
Según su testimonio, en otros lugares el proceso es mucho más amable con quien quiere iniciar una actividad económica: “Se tienen que dar de alta, pero es gratuito”. Esta diferencia de criterio pone de manifiesto la desventaja competitiva de los productores españoles y la soledad con la que afrontan la creación de empresas en el mundo rural. Su conclusión es un llamamiento a repensar el sistema: “Para poder emprender, necesitas un apoyo que hoy en día no está”.

