Cuando llega la edad de jubilación, el calendario deja de correr como antes y aparece una sensación difícil de explicar: la de repasar la vida como si fuera una película. El psiquiatra Robert Waldinger, director del Estudio Harvard sobre Desarrollo Adulto, señala que los grandes arrepentimientos suelen dividirse por género, donde las mujeres se lamentan por no haber vivido de forma más auténtica y los hombres, por haber trabajado demasiado y haber dedicado poco tiempo a su familia. En ese repaso, muchos no piensan tanto en lo que hicieron, sino en lo que dejaron pendiente. “No quiero volver a pasar por mi vida otra vez”, dice una de las entrevistadas, “pero sí os miramos a todos los jóvenes y os envidiamos porque pensamos que tenéis muchísimas opciones”.
En el vídeo de Sprouht, el creador William Rossy entrevista a personas de 60, 70 y más de 80 años para preguntarles lo que casi nadie pregunta a tiempo: qué les pesa, qué cambiarían y qué consejo le darían a su yo joven. Lo interesante no es solo lo que responden, sino cómo lo dicen: con cansancio, con humor y con una lucidez que a veces incomoda. “Hacerse viejo no es para cobardes”, resume uno de ellos.
Te puede interesar
“Te ves igual mirando hacia afuera”, confiesa un hombre de 70. “Pero la gente te ve de forma totalmente distinta… te miran como si no valieras nada”. Y describe el cuerpo como si hubiera recibido una paliza sin explicación: “Sientes como si hubieras jugado al fútbol americano de contacto el día anterior… y no recuerdas por qué te duele tanto todo”.
“Te sientes mayor cuando los demás te lo recuerdan”
Hay frases que envejecen a una persona de golpe. A una entrevistada le ocurrió cuando su hijo le soltó una idea que sonaba práctica, pero dolía como una sentencia: “Cuando mi hijo dice que debería vender la casa y mudarme a una residencia… ahí es cuando te hacen sentir vieja”.
Ella no lo cuenta desde el drama, sino desde la aceptación. “¿Qué puedo hacer? Me mantengo en pie, está bien”. Se reconoce cansada, pero no derrotada: “Físicamente me siento bien, mentalmente me siento bien… un poco más cansada”. Y deja una línea que rompe el tópico de la vejez como final: “Sigo de pie… la vida es dulce”.
En ese mismo tono aparece otra de las frases más repetidas del vídeo: “Viejo. Hacerse viejo no es para cobardes”. Quien la dice lo acompaña de una especie de orgullo sereno: “Gracias a Dios mi salud está bien… soy nadador, puedo nadar mil yardas”.
“Te vuelves invisible con los años”
En varias respuestas se repite una idea incómoda: la vejez no solo duele por dentro, también se nota fuera. “Es como si tuviera 23”, dice una mujer, “pero físicamente no me siento de 23… y luego el mundo te mira diferente y responden de manera diferente”.
Cuando Rossy le pide más detalles, lo expresa sin rodeos: “Como mujer te sientes un poco invisible a medida que te haces mayor”. Según ella, la diferencia se nota en lo cotidiano: “Cuando eres más joven recibes mucha atención… y luego no creo que valoremos a las personas mayores. Pensamos que están como pasados de moda”.
También aparecen arrepentimientos que se parecen entre sí. “Me casé cuando era muy joven”, cuenta una entrevistada. Rossy pregunta: “¿Cuántos años tenías?”. Respuesta: “18”. Y cuando le plantea qué haría hoy, lo tiene claro: “Probablemente a los 30 y tantos… me habría gustado vivir la vida un poco más antes de casarme”.
Un hombre coincide desde su propia historia: “Me casé demasiado joven… aún no había madurado”. Tenía “veintipocos”, su primera mujer “20”. Y deja un aviso directo a quien esté a punto de decidirlo todo demasiado pronto: “A mediados o finales de los 20… aún estás cambiando”.
Aprender, viajar y no esperar “al momento perfecto”
Otro bloque de arrepentimientos no va de relaciones, sino de oportunidades. “Podría haber viajado más”, admite una mujer. Otra confiesa algo que a muchos les pasa sin darse cuenta: “Lamento haber dejado que se me olvidara uno de los idiomas que sabía cuando era más joven”.
Y uno de los testimonios más sinceros llega cuando un entrevistado habla de algo que nunca hizo: aprender música. “Me arrepiento jodidamente de verdad de no haber aprovechado las escuelas públicas aquí”, explica. “Podría haber aprendido a tocar un instrumento… pensé que mis padres no tenían dinero suficiente”. El resultado, hoy, es una frustración difícil de quitarse: “Me arrepiento desesperadamente… la música es muy importante para mí. Siento que lo llevo dentro, pero no sé cómo expresarlo”.
También aparece un error típico de la adultez: aplazar la vida hasta “poder permitírsela”. Una pareja lo resume así: “Esperamos hasta que pensamos: ‘Oh, podemos permitirnos eso’”. Y concluyen que quizá lo mejor habría sido justo lo contrario: “Habría sido mucho más divertido viajar cuando éramos más jóvenes… aunque fueran lugares no tan bonitos”.
“Valora el tiempo y deja de preocuparte tanto”
Si algo atraviesa todo el vídeo es el choque entre lo que se persigue de joven y lo que de verdad queda al final. “Las cosas materiales”, dice una mujer. “Cuanto mayor te haces, más dices: ‘¿Por qué tengo todas estas cosas?’”.
Otro entrevistado habla de competitividad: “No tienes que vencer a todo el mundo a toda costa”. Y lo remata con una idea que suena simple, pero cambia la vida: “¿Quién tienes que ser? Tú mismo”.
Rossy pregunta qué deja de importar con los años. Y una respuesta se repite en distintas formas: el juicio ajeno. “Ya no me importa en absoluto”, confiesa un hombre. Antes quería “encajar”; hoy lo ve con distancia: “Me doy cuenta de que no hay jerarquía”. ¿Qué importa entonces? “La comunidad… la capacidad de conectar con las personas”.
Entre los consejos más claros hay uno que parece una cura contra la ansiedad moderna: “No te preocupes tanto por las cosas”. Quien lo dice reconoce que se pasó media vida dándole vueltas: “Yo me preocupaba por todo cuando era joven… después de un tiempo piensas: ¿qué sentido tiene? Simplemente hazlo”.
También hay mensajes directos sobre hábitos y actitud: “Mantente activo. No fumes, no bebas y diviértete”. “No seas un seguidor… ten una mente independiente”. Y el consejo más gráfico, repetido como una verdad universal: “No puedes simplemente quedarte en la cama y comer galletas. Tienes que levantarte y ponerte en marcha… nunca dejes de aprender”.
El vídeo se cierra con una idea que todos sugieren sin necesidad de decirla igual: el tiempo no se guarda, se gasta. Por eso el consejo final de varios entrevistados suena casi a despedida y a salvavidas a la vez: “No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”. “Sé una buena persona… da sus frutos”. Y, sobre todo, “no te preocupes por lo que piense la gente… haz algo interesante, y ya está”.