El encarecimiento del alquiler y la dificultad para acceder a una vivienda están empujando a muchos jóvenes adultos a regresar al hogar familiar. En ciudades como Madrid y Barcelona se destina de media el 74% del salario al alquiler, por lo que esta solución temporal, hoy se ha convertido en una realidad cada vez más habitual. Pero junto a la vuelta al “nido” llega una conversación incómoda: ¿deben los hijos pagar por vivir en casa de sus padres?
Tricia Carter, de 63 años y residente en el sur de Londres, lo tuvo claro cuando sus hijos de 27 y 24 años regresaron a casa. Decidió cobrarles 300 libras al mes (343,74 euros al cambio) a cada uno para cubrir gastos como electricidad y compras. Aunque cuenta con ingresos cómodos, explica que sus aportaciones ayudan a mantener el equilibrio financiero del hogar.
Además, el objetivo no es solo económico, sino también educativo. El dinero es una forma de concienciar a sus hijos sobre la carga financiera que supone vivir en un lugar. Ambos trabajan, aunque en empleos poco remunerados, por lo que Carter decidió cobrarles menos que el precio de mercado por una habitación para que puedan ahorrar de cara a su pensión y al depósito de una futura vivienda.
Elegir la cifra no fue exacto. “No es científica ni matemáticamente exacto”, reconoce al medio The Guardian. Se basó en lo que paga por servicios públicos, comida e impuestos municipales. El pago se realiza por domiciliación bancaria a principios de mes y, según cuenta, nunca han incumplido.
Cada vez más padres optan por cobrar una contribución
La situación no es aislada. Según una encuesta realizada a 2.000 personas por el banco NatWest, cerca de una cuarta parte de los padres con hijos adultos los han visto regresar a casa en los últimos años. El estudio revela que la estancia media ronda los dos años y que alrededor del 60% aprueba la idea de cobrar alquiler.
Alice Haine, analista de finanzas personales en Bestinvest by Evelyn Partners, advierte de que, aunque muchos padres reciben a sus hijos “con los brazos abiertos”, el aumento de los gastos puede generar tensiones. “Solicitar una contribución para los gastos del hogar no solo es razonable, sino que a menudo es necesario”, afirma. A su juicio, establecer expectativas claras desde el principio ayuda a evitar ambigüedades y garantiza que los padres no descuiden su propio bienestar financiero ni su ahorro para la jubilación.
Clare Moffat, de 48 años, tomó una decisión similar cuando su hija de 18 años pospuso la universidad durante un año. Durante seis meses le pidió 350 libras mensuales. “Mi esposo y yo conversamos y dijimos: 'Lo que creemos que es bueno es tener una idea de cuánto cuestan las cosas y que ella pague algo de alquiler'”, explica. Para ella, la experiencia fue una forma de fomentar la responsabilidad: “Aunque puedas permitirte no cobrar alquiler, estás preparando a tus hijos para la vida”.
Cuando el apoyo es total y no se cobra alquiler
No todas las familias optan por esta fórmula. Jacques Ferreira, de 29 años, regresó a vivir con sus padres tras finalizar su doctorado y ofreció pagar, pero su madre lo rechazó. “Sin duda lo ofrecería de nuevo y sé que mi madre no dudaría en preguntar si fuera necesario”, asegura él.
Sin embargo, Bella Caridade-Ferreira lo tiene claro: “No aceptaría dinero de Jacques. Lo que me importa es ver a mis hijos bien y felices, y tengo el privilegio de poder ayudar con eso”. Mientras tanto, su hijo cubre sus propios gastos personales y colabora en casa.
Más allá de cobrar o no, el regreso de los hijos adultos está transformando la convivencia familiar. Como resume Caridade-Ferreira, se trata de “una dinámica familiar, pero una dinámica familiar adulta”, en la que cada hogar busca su propio equilibrio entre apoyo y responsabilidad compartida.
En el caso de España, la emancipación juvenil atraviesa mínimos históricos. Según el Observatorio de Emancipación del Consejo de la Juventud de España, apenas el 14,8 % de los jóvenes vive fuera del hogar familiar, debido principalmente a la combinación de salarios insuficientes y alquileres cada vez más elevados. Esta situación obliga a la mayoría a seguir en casa de sus padres o a depender económicamente de ellos, consolidando una convivencia prolongada que responde más a la necesidad que a la elección.