Deja su trabajo corporativo tras 8 años incapaz de disfrutar ya por nada: “lloraba en el sofá diciendo que no tenía tiempo para sentirme agotada”

Le acabaron diagnosticando fatiga crónica por la alta carga de trabajo que asumía, entre su empleo y la familia numerosa.

Una mujer desolada en el sofá |Envato
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Hasta ahora, la idea de ‘éxito’ siempre ha estado ligada al trabajo. Se presumía de no tener tiempo para descansar o disfrutar. Un sistema que pasa factura y por el que las nuevas generaciones lo rechazan rotundamente. Aunque muchos adultos también se están deshaciendo de esa idea preconcebida. Una de ellas es Sarah Magnoni quien, después de 8 años y medio en el mundo corporativo, dejó su puesto. No podía seguir soportando tanto cansancio, aunque en realidad se trataba de mucho más.

“Pasé años ascendiendo en la escala corporativa. Creía que el éxito me traería satisfacción”, confiesa en primera persona para Business Insider, donde ha publicado su historia y asegura que terminó tan agotada que no podía disfrutar de su familia, sus hobbies o incluso de un momento de tranquilidad en casa. “Siempre estaba frustrada, llorando y respondiendo mal a las personas que me rodeaban”.

Sarah explica que siempre le gustaron los retos, le motivaban. Tal así que, en su empresa, acudían a ella para conseguir todos los objetivos. En un principio, lo llevaba con orgullo, soportando una gran carga de trabajo a pesar de que debía hacerse cargo de cuatro hijos al llegar a casa, ya que su marido es piloto y vuela todas las semanas.

“Me diagnosticaron fatiga crónica”

Sarah reconoce que su vida giraba en torno al trabajo: trabajaba por la mañana, por las tardes y los fines de semana. Sus descansos eran llevar a los niños al colegio y las actividades extraescolares. Además de que les ayudaba con todos los deberes. Un ritmo que, aun frenético, pudo mantener durante más de 8 años. Pero pagando un alto precio.

De hecho, explica que, pasados los 6 años con ese estilo de vida, comenzó a sentir resentimiento. “Estaba tan cansada que los médicos me diagnosticaron fatiga crónica”, cuenta, decidiendo tomarse una semana libre que no sirvió para nada, porque volvió al mismo ritmo de siempre. “Recuerdo que lloraba en el sofá, diciendo que no tenía tiempo para sentirme agotada”, buscando desesperada ayuda en libros, médicos y entrenadores personales.

Todo cambió con la enfermedad de su hijo

En el citado medio, Sara continúa contando que su empresa decidió aplicar recortes de plantilla y reestructurar los equipos. Así, subió aun más la carga de trabajo. Poco tiempo después, uno de sus hijos enfermó, momento en el que ya se derrumbó. Aunque la empresa le dio todo el tiempo que necesitó, sin presiones, tenía miedo de perder su carrera y ese trabajo por el que tanto había luchado.

“Ese miedo me empujó a trabajar entre citas médicas y visitas a urgencias”, manifiesta, explicando que ocho meses después, cuando la salud de su hijo mejoró, intentó volver al trabajo con el mismo ritmo que antes. Pero no pudo: “algo había cambiado dentro de mí”. En este punto, cuenta que encontró formas de dar las gracias todos los días, como con el yoga, dándose cuenta de que necesitaba descanso, paz y tranquilidad.

Ya no le motivaba afrontar los retos del trabajo. “Me faltaba la energía y la concentración necesarias para sentarme en mi escritorio todo el día. Me costaba mucho atender llamadas, revisar planes y completar mis tareas”, agrega. A esto se sumó un nuevo cambió en su compañía, por el que le ofrecieron una nueva función. Aunque intentó adaptarse a esa nueva posición, no lo consiguió.

“No pude. Lloraba todos los días. Llevaba aproximadamente un mes en este nuevo puesto cuando le respondí mal a un compañero de trabajo, colgué el teléfono y me senté en mi escritorio a llorar. Sabía que algo iba realmente mal. Me costaba mucho funcionar, producir cualquier trabajo o contribuir como lo hacía antes. Decir que estaba agotada no refleja del todo cómo me sentía”, relata.

Fue en ese momento cuando ya no podía disfrutar por nada, lo que le hacía sentirse muy frustrada. Solo quería estar sola y huir, sintiéndose atrapada en el trabajo. Una situación extrema que le hizo tomar la decisión que desde hacía tiempo venía necesitando: renunciar. Tras hablarlo con su marido, envió un mensaje de texto a su jefa y le comunicó que, tras casi ocho años y medio, el lunes presentaba su renuncia.

“Pasé años trabajando en exceso e ignorando las señales. Siempre me ponía en último lugar. Entonces me quemé y no pude seguir adelante como antes. Ninguna cantidad de vacaciones pagadas iba a ayudarme. Necesitaba un reinicio completo en mi forma de vivir”, asegura Sarah, quien reconoce que el síntoma principal que le debería de haber hecho actuar antes fue dejar de sentir alegría por todo aquello que antes le encantaba. “Solo tenía que mirar más profundamente”, concluye.

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