Enrique Blanco, más conocido como Quique, lleva años clasificando botellines en la planta de Amagosa, en el polígono industrial El Prado de Mérida. Tiene 68 años y no quiere jubilarse. Su trabajo es físico, repetitivo y de cadena, pero para él es una forma de vida.
“Empecé descargando camiones, los trailers a doble palet, los cargaba a mano porque no había maquinaria”, explica a El Periódico Extremadura. Quique recuerda los inicios con mucha nostalgia. “Hay ocho clases: la vieja, la buena… también hay coca-cola y tónica antigua, que esas hay que apartarlas todas. Luego, todas las botellas rotas que vienen y las que no son de la casa, también hay que apartarlas”, señala.
El ritmo de este español es impresionante. Detalla que normalmente “en ocho o diez horas puedo clasificar 40 o 45 palets… unas 2.000 o 2.500 cajas mínimo, de ahí para arriba”.
Para muchos, este trabajo podría ser monótono y muy cansado, pero Quique lo ve como una maestría: “¿Y si me siento bien, por qué voy a dejar de trabajar si, además, me gusta lo que hago?”.
Un trabajo que mantiene cuerpo y mente
Lo cierto es que la jubilación activa y demorada es una tendencia en España. Como Quique, quien de acuerdo a la ley tendría que haberse jubilado a los 66 años y 10 meses, existen cientos de españoles que se niegan a dar el salto.
Por cada año que se retrasa el retiro, se gana un 4% más en la pensión mensual o pago único de varios miles de euros. Pero esta decisión no es solo una cuestión de dinero, sino también de salud. Según los últimos datos de la Seguridad Social, el número de personas que optan por la jubilación demorada en España ha crecido casi un 5% en el último año, demostrando que muchos prefieren seguir trabajando que estar en casa.
Y es que, mantenerse activo ayuda a combatir la soledad y, según los expertos, realizar tareas de precisión o rutina, como clasificar los botellines de Quique, funciona como un gimnasio mental que retrasa el envejecimiento cognitivo.
Al final, casos como el de este español ya tienen un nombre: se conocen como la ‘Silver Economy’. En nuestro país, los trabajadores mayores de 65 años ya representan una buena parte del tejido laboral, aportando una experiencia que las máquinas no podrían replicar.