Satu, 75 años, lucha por sobrevivir con una pensión pequeña, aunque trabaja desde los 14 años: “La comida es carísima”

Tras más de seis décadas en el mercado laboral, esta jubilada apenas logra llegar a fin de mes. Su pensión no le permite cubrir los gastos básicos ni afrontar con tranquilidad los problemas de salud propios de la edad.

Una anciana pensativa |Envato
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El acceso a una pensión suficiente se ha convertido en uno de los principales problemas para muchas personas cuando piensan en la jubilación, y no solo en España. En muchos casos, trayectorias laborales marcadas por salarios bajos, trabajos a tiempo parcial o periodos sin cotizar provocan que, al llegar la jubilación, los ingresos mensuales resulten insuficientes para hacer frente al aumento del coste de la vida, la vivienda o la atención sanitaria. Y es el caso de Satu de 75 años, que explica las dificultades a las que se enfrentan numerosos jubilados.

Satu nació en 1948 en Lappeenranta (Finlandia), en el seno de una familia humilde, por lo que empezó a trabajar con solo 14 años. A lo largo de su vida desempeñó múltiples empleos, tanto en Finlandia como en el extranjero, fue limpiadora de barcos en el Caribe, recepcionista en una clínica médica en la España del franquismo, empleada de cocina y propietaria de una pequeña tienda de ropa. Su último trabajo, como asistente educativa en un centro de educación para adultos, lo ejerció durante 16 años, hasta su jubilación en 2011, según detalla el medio Kotiliesi.

Para esta anciana jubilarse supuso un cambio muy brusco en el nivel de vida que llevaba hasta antes de hacerlo. “Fue un shock”, explicó. Actualmente, sus ingresos ascienden a 1.265 euros mensuales, una cantidad que le obliga a controlar cada gasto. La subida de precios ha tenido un impacto directo en su alimentación. “La comida es carísima”, afirma, y reconoce que limita al máximo la compra de carne y planifica sus visitas al supermercado en función de las ofertas disponibles.

Salud, gastos imprevistos y una economía al límite

Las dificultades económicas se agravaron con la aparición de problemas de salud. En 2012, un año después de jubilarse, le diagnosticaron cáncer de mama, lo que implicó tratamientos largos y costosos. Además del impacto físico y emocional, las facturas médicas de su país desbordaron su presupuesto. Ante esa situación, acudió a los servicios sociales para solicitar ayudas puntuales, una decisión que vivió con incomodidad, aunque destaca el trato recibido.

Más recientemente, tuvo que someterse a una operación de cataratas en una clínica privada. El sistema público cubrió parte del coste mediante un bono de 600 euros por ojo, pero no fue suficiente. Satu tuvo que solicitar un préstamo para completar el pago y comprar unas gafas nuevas, lo que ahora supone 70 euros mensuales durante todo un año.

A estos gastos se suman varias enfermedades crónicas, como diabetes, asma y una patología coronaria. El tratamiento médico supone alrededor de 100 euros cada tres meses, además de un nuevo medicamento para la diabetes que cuesta 40 euros al mes. Esta primavera, no pudo permitirse comprarlo durante casi dos meses, a pesar de tener la receta médica.

La anciana mantiene una rutina sencilla y evita cualquier gasto innecesario. No ha podido sustituir su lavadora averiada ni cambiar algunos muebles  básicos de su casa. Su ocio se limita a actividades gratuitas, como leer, hacer crucigramas o pasar tiempo con sus hijos y nietos. Apoyada en su fe religiosa, afronta la situación con resignación y sentido del humor, mientras espera que el futuro ofrezca condiciones más dignas para quienes, como ella, han trabajado toda su vida.

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