La jubilación debería ser tiempo de descanso, estabilidad y algo de tranquilidad económica. Sin embargo, para millones de pensionistas, se ha convertido en una carrera de obstáculos: pensiones bajas, enfermedades crónicas y un mercado del alquiler que no les deja respiro.
Según el Instituto Nacional de la Seguridad Social (INSS), casi uno de cada dos pensionistas cobra menos de 1.000 euros al mes, y el 39,38% de las jubilaciones se sitúan debajo de ese umbral. Pese a ello, las mujeres son las que especialmente cargan con el peso de la precariedad: su riesgo de pobreza o exclusión social es claramente superior a la de los hombres.
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En teoría, una pensión mínima unipersonal ronda los 875,90 euros mensuales, pero en la práctica, muchas jubiladas como Begoña viven al límite. Cuando se suma una enfermedad grave, como el cáncer metastásico, y un alquiler desorbitado, la jubilación soñada se convierte en una lucha diaria por sobrevivir.
600 euros por 12 m2
Begoña tiene 63 años, está divorciada y vive con un cáncer metastásico desde hace casi una década. Tras la jubilación anticipada forzosa, se vio obligada a reorganizar su vida alrededor de los tratamientos de quimioterapia. “Tengo una pensión de 860 euros y no puedo permitirme un piso”, explica a Espejo Público, programa de Antena 3. En una ciudad como la suya, su realidad es la de muchas personas: pagar hasta 600 euros por una habitación de apenas 12 m2.
“Han tirado el salón para hacer habitaciones y en la casa estamos viviendo 13 personas”, describe. No comparte nevera, solo el congelador. Y es que en su minúscula habitación apenas tiene espacio para una nevera pequeña que la llena de comida saludable.
Vivir en una habitación sin acceso a zonas comunes, como el salón o el comedor, es lo que los expertos en urbanismo denominan ‘infravivienda por compartimentación’ o, mejor conocido como el fenómeno de los pisos colmena.
Sin embargo, Begoña busca una ventana para el ocio y ha convertido el deporte en uno de sus grandes aliados. Es por ello que en su habitación “tengo pesas y mancuernas… cuando tengo que usarlas pongo la mesa en la esquina” para aprovechar el espacio y moverse. Su primera clase la tiene a las 7 de la mañana y bajo la cama guarda un casco para ir a patinar.
“Siempre vivo con angustia”
El alquiler de habitaciones en España ha dejado de ser una opción de los jóvenes para convertirse en un mercado para todas las edades. En ciudades como Madrid o Barcelona, los precios superan los 500 euros mensuales, y debido a los bajos sueldos, muchos adultos se ven obligados a vivir como Begoña, en un espacio muy pequeño bajo contratos temporales que llegan a destruir cualquier concepto de ‘hogar’.
“Llevo aquí un año y me han hecho dos contratos de seis meses. Cada vez que me renuevan lo pueden cambiar. El contrato se me termina en unos meses y no sé si me renovarán, subirán el precio o tendré que buscarme otra cosa”, confiesa. Y es que, debido a las quimioterapias, necesita tener el hospital muy cerca.
Moverse de piso implicaría asumir un costo de transporte y alojamiento que no puede permitirse. “Siempre vivo con esa angustia. Para venirme aquí pedí un crédito para hacer la mudanza, los meses de fianza y pagar los gastos de gestión. Yo solo espero que me renueven”, sentencia.
40 euros por dormir con alguien
En su casa, las reglas son muy estrictas. “Para traer a alguien tengo que notificarlo y son 40 euros por noche”, explica la mujer. Consultó a un abogado y le confirmó que todo es legal, pero para ella, es un recordatorio de que su vida privada está sujeta a un alquiler.
Lamentablemente, este no es el único caso. En ese mismo piso viven 12 personas más, muchas de ellas de más de 50 años con trabajos, sueldos estables y profesiones ‘de éxito’.
“Aquí hay una abogada que tiene 50 años, un matrimonio de la misma edad y otros compañeros de 30 y muchos. Son personas que trabajan, pero que no pueden permitirse una casa. El problema no es mía es de la sociedad”, reflexiona Begoña.
Aunque confiesa que su habitación es la más grande y que tiene la suerte de compartir baño solo con una persona, en el sótano hay un baño más pequeño que lo comparten entre seis", detalla.
En una gran ciudad, una pensión mínima se queda corta para cubrir un alquiler que, en muchos casos, como el de Begoña, supera el 70% de los ingresos, cuando los organismos internacionales recomiendan no superar el 30%.