Logo de Huffpost

Varios jubilados mayores de 80 años hablan claro: “Le dije a mi padre ‘por favor no vengas a despedirme’. Cuando me giré para decir adiós, ya se había ido”

Estos jubilados relatan lo que deja la guerra, el amor, el paso del tiempo y las decisiones que solo se comprenden cuando ya no hay prisa.

jubilado
Varios jubilados mayores de 80 años hablan claro: “Le dije a mi padre ‘por favor no vengas a despedirme’. Cuando me giré para decir adiós, ya se había ido” |Sprouht
Francisco Miralles
Fecha de actualización:
whatsapp icon
linkedin icon
telegram icon

Hay recuerdos que no se diluyen con los años. Para los jubilados que hoy superan los 80 años, mirar atrás no es un ejercicio de nostalgia, sino de memoria viva. Han visto un mundo romperse, reconstruirse y volver a tensionarse. Y con la experiencia del ayer dan consejos a los jóvenes de ahora, haciendo ver lo que realmente es importante.

El creador de contenido William Rossy, a través de su canal Sprouht, ha hablado con hombres y mujeres nacidos en la década de 1920. Personas que vivieron la posguerra, la Segunda Guerra Mundial y un mundo que se rompió varias veces antes de volver a levantarse. Sus palabras no buscan moralejas grandilocuentes. Son frases simples, directas y cargadas de experiencia.

“Podría haber sido, debería haber sido… eso ya terminó”, resume uno de los entrevistados, que acaba de cumplir 101 años. “La vida no va de quedarse atrapado en lo que no fue”.

“Cuando la guerra empieza, ya no vuelves siendo el mismo”

Entre los testimonios más duros están los de quienes fueron enviados al frente siendo casi adolescentes. “No entiendes lo que significa ir a la guerra hasta que llega el día de marcharte”, explica Billy, que fue capturado siendo muy joven. “Mi madre me abrazó y me dijo: ‘ten cuidado’. Mi padre me cogió de la mano, me soltó y se dio la vuelta. No nos despedimos”.

Ese gesto, aparentemente pequeño, se quedó grabado para siempre. “Fue terrible, porque pensé que quizá nunca los volvería a ver”, recuerda. “Le pedí que no viniera al tren. No quería parecer un niño que necesitaba a su padre”.

Otros hablan del impacto invisible que deja el conflicto. “Hay huecos en mis emociones”, confiesa un ex prisionero de guerra. “Entré con 18 años y salí con 25. Durante cuatro años viví con la amenaza constante de una bayoneta en la espalda. Aprendes a no mostrar miedo ni enfado”.

Las visitas a hospitales de veteranos, explican, eran devastadoras. “Soldados sin piernas, sin brazos, esperando que alguien los mire”, cuenta una mujer centenaria. “Antes eran jóvenes sanos. Después, el mundo siguió y muchos quedaron atrás”.

“Cuando las guerras terminan es una bendición”, añade otra entrevistada. “Los jóvenes mueren por decisiones de otros. Ojalá la humanidad aprenda a hablar antes de volver a disparar”.

Amor, matrimonios largos y pérdidas que no se superan del todo

El amor aparece en casi todas las conversaciones, aunque sin idealizaciones. “Tuve un solo marido”, cuenta una mujer de más de 100 años. “Estuvimos juntos casi 60 años. Discutíamos, claro, pero hablábamos. Dormíamos en la misma cama, nos dábamos la espalda y al día siguiente seguíamos”.

Otros recuerdan relaciones que duraron toda una vida. “Me casé tarde, con 51 años”, explica un hombre de 104. “Estuvimos juntos 49 años. Murió en un accidente cuando fue a buscarme una medicina. Éramos una sola persona. El amor es querer a alguien más allá de la comprensión”.

También hay historias de rupturas inesperadas. “Mi marido me pidió el divorcio después de 46 años y seis hijos”, relata la doctora Gladys. “Yo tenía más de 70. Estaba destrozada. Un año después pude escribirle para darle las gracias. Me devolvió mi libertad. Por primera vez fui yo, no solo parte de una pareja”.

Las pérdidas más duras no siempre tienen respuesta. “Perdí a un hijo por suicidio”, confiesa otro entrevistado. “Pensar que con lo que sé hoy podría haberlo evitado no sirve de nada. En cien años se cometen errores y se cargan muchas preguntas sin respuesta”.

“Nunca es tarde. Ni a los 40, ni a los 80”

A pesar de todo lo vivido, el mensaje que más se repite es claro: no es tarde mientras haya interés por la vida. “Tengo 103 años y sigo caminando todo lo que puedo”, bromea uno de ellos. “Me lleva una hora ponerme los zapatos, pero salgo”.

Muchos coinciden en que el secreto no está en la medicina. “No tomo medicación”, explica un hombre de 101 años. “He hecho ejercicio toda mi vida, disfruto de la gente, del arte, de crear cosas. Naces de una manera y mueres de una manera. Lo demás es, muchas veces, azar”.

Mantener un propósito resulta clave. “Cuando miras hacia adelante, llegas más lejos”, afirma otro entrevistado. “Cuando encuentras algo que te emociona, tu fuerza vital continúa”.

Al preguntarles qué dirían a su yo de 25 años, las respuestas son sencillas. “No te obsesiones contigo mismo”. “Ríe más”. “No cargues una maleta de preocupaciones que no sirven para nada”. Y ante la duda de si a los 40 ya es demasiado tarde, una mujer lo resume sin titubeos: “¿Estás bromeando? Nunca es demasiado tarde”.