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Una joven de 28 años tras vivir con su abuelo 2 años: “él terminó cuidándome tanto como yo intentaba cuidarlo a él”

Aseguraron que pasaron a ser mejores amigos y que ha sifo un regalo aprender estas lecciones a finales de sus veinte años.

Una nieta sonriente con su abuelo
Una nieta sonriente con su abuelo |Envato Labs
Esperanza Murcia
Fecha de actualización:
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Como norma general, cuando las personas mayores alcanzan cierta edad, suelen mudarse con sus hijos para recibir los cuidados que necesitan. Sin embargo, en ocasiones se invierten las tornas y la experiencia deja unas lecciones que marcan para toda la vida. Así la ha vivido en primera persona Ashleigh DeLuca, una joven que, a sus 28 años, decidió mudarse con su abuelo.

De siempre había estado muy unida a él, contando que, de pequeña, se sentaba sobre sus rodillas y se ponían a contar los rasguños o moratones que tenía cada uno: “los suyos, por su trabajo en la construcción; los míos, por trepar con demasiado entusiasmo en el parque infantil”, relata, afirmando que, para ella, su abuelo siempre había sido el máximo símbolo de dureza.

“Así era mi abuelo en pocas palabras: un hombre duro e intimidante para el resto del mundo, pero un bombón para mí. Ese lado tierno suyo fue la razón por la que, a los 28 años, decidí mudarme con él durante unos meses antes de emprender un viaje en solitario de un año alrededor del mundo”, cuenta en un ensayo especial para ‘Business Insider’.

“Pasó de ser mi abuelo a mi mejor amigo”

Para Ashleigh, su abuelo siempre ha sido “una fuente inquebrantable de amor incondicional en mi vida” pero reconoce que, conforme se fue haciendo mayor, abandonó su relación con él. Aun así, intentaba llamarnos al menos una vez por semana y visitarlo los fines de semana, aunque esas visitas acababan siendo siempre cortas.

Por ello, cuando murió su abuela, sintió la necesidad de aprovechar el máximo tiempo posible con su abuelo. Así, decidió mudarse y vivir con él. En un principio, iba a ser “solo unos meses”, pero, debido a la pandemia, el experimento se alargó casi dos años. La principal consecuencia, cómo se fortaleció la relación: “pasó de ser mi abuelo a mi mejor amigo”.

Y es que la experiencia fue totalmente diferente a lo que había pensado. Como cualquier joven, pensaba que la mayor parte del tiempo estarían en casa, viendo películas, cocinando y hablando. Incluso, creía que el día a día podría ser muy repetitivo. Sin embargo, para nada fue así.

“Esperaba cuidar de él, haciendo las tareas domésticas mientras él se sentaba a mi lado charlando conmigo. Pero él terminó cuidándome tanto como yo intentaba cuidarlo a él”, expone Ashleigh al citado medio. Su abuelo, según cuenta, le preparaba la cena todas las noches, se alegraba por todos sus logros como si le hubiera tocado la lotería, y le sorprendía con pequeños detalles.

Y lo mejor es que vivieron juntos muchas experiencias que les han dejado recuerdos impagables: “Casi siempre aceptaba mis ideas espontáneas, a veces descabelladas, como conducir 14 horas para dar el biberón a un cervatillo, adoptar dos gatitos cuando uno de sus gatos murió inesperadamente, irnos de minivacaciones a Rhode Island cuando todo nuestro barrio se quedó sin electricidad durante días, o renovar el comedor para convertirlo en una sala de juegos de lujo para sus gatos, que ya de por sí eran muy mimados”.

Ashleigh explica que, “por encima de todo”, su abuelo siempre buscaba la forma de hacerla reír, algo que se le ha quedado grabado y de lo que ha aprendido mucho, confesando que, gracias a la convivencia, se “creó una conexión entre nosotros que no se podría haber replicado de ninguna otra manera”.

“Fue un regalo aprender estas lecciones a finales de mis veinte años”

De toda experiencia, Ashleigh destaca que pudo conocer a su abuelo de una forma que nunca antes había imaginado, viéndolo por primera vez como una persona completa, más allá de su papel como abuelo. Ese paso les convirtió en mejores amigos, cómplices y compañeros de piso en igualdad de condiciones.

Igual de importante fue aprender a bajar el ritmo, centrarse en las personas, y aprender a escuchar mejor. “Aprendí que cuidar de los seres queridos puede adoptar diferentes formas y depende de las necesidades de cada persona. Y lo más importante, aprendí que invertir tiempo en las relaciones crea un profundo sentido de conexión”, asegura.

De ese modo, no puede más que expresar que “fue un regalo aprender estas lecciones a finales de mis veinte años”. “Ahora me esfuerzo más por crear oportunidades para pasar tiempo de calidad con mis hermanos, mi pareja, mis abuelos y mis amigos más cercanos. Siempre que puedo, ya no les regalo objetos materiales envueltos en papel bonito. En su lugar, les llevo a vivir aventuras llenas de risas, fotos divertidas y conversaciones significativas”, concluye.