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Un jubilado con 42 años cotizados: “Me jubilé con más dinero del que jamás imaginé tener, pero a las tres semanas ya reorganizaba el garaje a las 10 de la mañana para sentirme útil”

Tras más de tres décadas trabajando en una compañía de seguros, este jubilado reconoce que la falta de propósito fue uno de los mayores retos al dejar su empleo.

un hombre mayor en su garaje
Un señor mayor en su garaje |Envato
Ana Cara
Fecha de actualización:
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Después de trabajar durante décadas, muchas personas imaginan la jubilación como una etapa de descanso, tranquilidad y libertad. Sin embargo, la realidad puede ser muy distinta. Así lo cuenta un jubilado que, tras más de 35 años trabajando en la gerencia media de una compañía de seguros, descubrió que abandonar la vida laboral también puede traer consigo una crisis de identidad.

“Recuerdo que, apenas tres semanas después de jubilarme, estaba en el garaje ordenando los contenedores por colores como si fuera lo más importante del mundo”, explica. En ese momento, un vecino pasó por allí y, sorprendido, le preguntó si estaba preparando una venta de garaje. “Le respondí que no, que solo estaba organizando. Me miró con esa expresión que dice más que mil palabras”, relata.

Según publica el medio Global English Editing esa misma mirada la vio después en su propia casa. “Un día mi mujer me encontró colocando el especiero por orden alfabético a las dos de la tarde de un martes. Me miró igual, como preguntándose qué estaba pasando”, recuerda.

La pérdida de identidad tras dejar de trabajar

Durante años, su trabajo marcó buena parte de su identidad. Tenía responsabilidades, reuniones y problemas que resolver cada día. “Durante 35 años supe exactamente quién era: tenía tarjetas de presentación, reuniones que me necesitaban y decisiones que tomar”, explica. Pero todo cambió el día en que se jubiló. “De repente, todo desapareció de un día para otro”, asegura.

Al principio, reconoce que la jubilación fue agradable. “Los primeros días son fantásticos: duermes más, tomas el café con calma y lees el periódico completo en lugar de solo los titulares”, comenta.

Sin embargo, esa sensación dura poco. “Al cabo de un tiempo empiezas a preguntarte qué día es. Miras el teléfono constantemente aunque nadie te esté llamando. Incluso te inventas recados solo para tener algún sitio al que ir”, afirma.

Además, asegura que el dinero no siempre soluciona el problema. “Me jubilé con más dinero del que jamás imaginé tener cuando empecé a trabajar. Pero la seguridad financiera no te da un propósito en la vida”, reconoce.

Mantenerse ocupado no siempre llena el vacío

Uno de los consejos que más escuchó tras retirarse fue mantenerse ocupado. “Todo el mundo me decía que me apuntara a algo: golf, clubes de lectura o senderismo”, cuenta.

Decidió hacerlo y llenó su agenda de actividades. “Me uní a todo lo que encontré: clubes, grupos y comités de voluntarios. Llegó un momento en que estaba incluso más ocupado que cuando trabajaba”, explica.

Pero pronto se dio cuenta de que eso no resolvía el problema. “Era como llenar el tiempo con cosas que realmente no tenían importancia. Hacía muchas actividades, pero ninguna me daba la sensación de que realmente importaba”, relata.

Uno de los ejemplos que recuerda con más claridad fue un proyecto de bricolaje. “Pasé casi un mes construyendo el comedero para pájaros más elaborado que te puedas imaginar. Lo medí, lo lijé y lo dejé perfecto. Pero los pájaros lo ignoraron por completo y preferían el de plástico barato de la ferretería”, explica.

Para él, ese momento fue muy revelador. “Fue una metáfora bastante clara de cómo estaba siendo mi primer año de jubilación”, reconoce.

La depresión en la jubilación, una realidad de la que poco se habla

Con el paso de los meses, la situación empezó a afectarle emocionalmente. “Hacia el sexto mes de jubilación me golpeó algo que no esperaba: la depresión”, explica.

Recuerda especialmente una mañana en la que no encontraba fuerzas para levantarse. “No era porque estuviera cansado. Era porque no encontraba ninguna razón para empezar el día”, afirma.

En ese momento, quien le ayudó a mantener cierta rutina fue su perro. “Mi golden retriever, Lottie, fue quien me sacó de esa etapa. A los perros no les importa si eres gerente o jubilado: necesitan su paseo a las seis y media de la mañana”, cuenta.

Esos paseos diarios acabaron convirtiéndose en un pequeño salvavidas. “Todos los días seguíamos la misma ruta, saludaba a los mismos vecinos y los martes el barista de la cafetería ya sabía lo que iba a pedir”, recuerda.

Según explica, fueron esos pequeños rituales los que le ayudaron a reconectar con la vida cotidiana. “Esos detalles me mantuvieron conectado con el mundo cuando sentía que estaba completamente perdido”, concluye.