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Platón, filósofo: "A menos que los pensadores reinen en las ciudades, no habrá tregua tregua para nuestros males"

Esta máxima, extraída de sus reflexiones en la 'Carta Séptima', resume la solución de Platón ante la decadencia política: la convicción de que solo el conocimiento profundo del bien puede salvar a las ciudades de sus desdichas.

Escultura del pensador.
Platón, filósofo: "A menos que los pensadores reinen en las ciudades, no habrá tregua tregua para nuestros males" |'UNO'.
Fátima Pazó
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Platón, el aristócrata de linaje real y  ‘hombros anchos’, no siempre fue el teórico que hoy estudiamos. En su juventud, su destino parecía estar en las altas esferas del poder ateniense, pero un encuentro fortuito cambió el curso de la historia: conocer a Sócrates

Aunque eran polos opuestos, Platón, un joven eupátrida de futuro brillante; Sócrates, un artesano extravagante y "poco trabajador" que callejeaba cuestionándolo todo, el adolescente quedó fascinado por la dialéctica de aquel filósofo que no cobraba por sus lecciones

Sin embargo, fue la tragedia la que selló su vocación. Ver cómo la democracia restaurada condenaba a muerte al ‘hombre más justo de Atenas’ provocó en Platón un gran vértigo político y un desencanto que lo alejó para siempre de las intrigas ciudadanas.

El legado de Sócrates en Platón

Tras la ejecución de su maestro en el 399 a.C., Platón comprendió que las ciudades de su tiempo estaban "irremediablemente mal gobernadas". Para él, el juicio a Sócrates no fue solo un error judicial, sino la prueba de la ignorancia del bien que padecía la turba. 

Esta amargura le llevó a postular que la humanidad no descansaría hasta que "el linaje de los que son rectos y verdaderamente filósofos llegue a los cargos públicos". Para Platón, la política no debía ser el terreno de los demagogos, sino de los profesionales del pensamiento capaces de elevar la mirada más allá de las sombras de la caverna.

Representación artística de 'El Banquete de Platón'.-Anselm Feuerbach

Los tres viajes del pensador a Siracusa

Su obsesión por llevar la teoría a la práctica lo empujó a realizar tres peligrosos viajes a Siracusa. Invitado por su amigo Dión, Platón intentó convertir a los tiranos Dionisio I y Dionisio II en "reyes filósofos".

 La aventura fue un desastre simbólico: en su primer viaje acabó vendido como esclavo y en los posteriores terminó prisionero, demostrando lo difícil que es que el poder acepte la guía de la sabiduría. 

Tras estos fracasos, regresó a Atenas para fundar la Academia en el 387 a.C., un centro de estudios organizado con biblioteca y alojamiento que se convirtió en la "escuela de Grecia" y donde formó a mentes de la talla de Aristóteles.

La Academia

En la tranquilidad de la Academia, Platón volcó su desencanto en una obra literaria monumental. Escribió más de treinta diálogos donde, en un acto de "revancha poética", mantuvo siempre a Sócrates como protagonista, devolviéndole la voz que la ciudad quiso silenciar. 

En sus textos de madurez, como la República, diseñó ciudades ideales donde la justicia no dependía de votos aleatorios, sino de un ordenamiento basado en la filosofía. Incluso en sus últimos días, mientras repasaba Las Leyes, seguía imaginando modelos de convivencia que sirvieran como un ‘paradigma celeste’ frente a la turbia realidad de su tiempo.

Hoy, la propuesta platónica sigue siendo un desafío intelectual: la idea de que el liderazgo requiere una excelencia ética superior. Su vida fue una búsqueda incansable de la Ciudad Justa, un lugar donde el sabio pudiera ser enteramente feliz sin temor a ser ajusticiado por decir la verdad. 

Platón murió a los ochenta años, quizá repasando sus textos bajo la sombra de Filipo de Macedonia, pero dejando claro que el único gobierno legítimo es aquel que nace de la luz de la razón.

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