Interrumpir mientras otra persona habla es una de esas conductas que, cuando se repiten, acaban pasando factura. A quien recibe el corte le queda la sensación de que no le dejan terminar, de que su relato importa menos o de que el diálogo se convierte en una competición por colocar la frase propia. Lo habitual es interpretarlo como mala educación o necesidad de protagonismo, pero la psicología y el estudio de la conversación apuntan a que muchas interrupciones no nacen de una intención consciente de imponerse, sino de cómo el cerebro gestiona el turno, la atención y la urgencia por responder.
En una conversación normal, las personas no esperan a que el otro cierre con un “he terminado” para empezar a hablar. Lo que ocurre, en realidad, es que se va prediciendo cuándo el otro está llegando al final del turno, y esa coordinación suele funcionar con bastante precisión. El trabajo clásico de Sacks, Schegloff y Jefferson describió ese sistema de alternancia como un mecanismo social muy fino, capaz de sostener conversaciones fluidas sin normas explícitas.
Cuando esa predicción falla, aparece el solapamiento. Y aquí conviene un matiz importante, pues no todo solapamiento se vive como una interrupción agresiva. Hay entradas que suenan a apoyo, a entusiasmo o a “te sigo”, y otras que suenan a corte. La frontera, muchas veces, no la marca solo el tiempo, sino el contexto.
La mente no se queda quieta mientras escucha, también prepara lo que va a decir
Desde un enfoque psicológico, escuchar y responder son procesos que se pisan. Mientras una parte del sistema cognitivo interpreta lo que le llega, otra va construyendo una respuesta posible. En personas con más impulsividad comunicativa, con ansiedad o con un estilo conversacional rápido, esa respuesta “pide salida” antes de tiempo.
También influye el temor a perder la idea. En psicología cognitiva, las investigaciones sobre interrupciones muestran que cortar una tarea complica mantener el objetivo activo y volver a retomarlo con rapidez, lo que ayuda a entender por qué algunas personas sienten esa urgencia de hablar “antes de que se me pase”. En estudios sobre “resumption lag” se observa, precisamente, el coste de reengancharse a lo que se estaba haciendo después de una interrupción.
Qué cuenta como interrupción depende de quién lo percibe
Otro punto clave es que “me ha interrumpido” no siempre describe un hecho objetivo, sino una interpretación. Un trabajo difundido por la Universidad de Stanford, basado en un amplio sondeo y clips controlados, analizó cómo cambia la percepción de interrupción según el estilo conversacional del oyente y el tipo de entrada, incluso cuando el solapamiento es mínimo o discutible. Dicho de otro modo, que dos personas pueden escuchar lo mismo y no coincidir en si ha habido interrupción o simple coordinación conversacional.
Por eso, cuando se citan porcentajes tajantes sobre interrupciones, conviene extremar la cautela. Antes de cuantificar hay que decidir qué se está midiendo, y la literatura académica lleva años discutiendo precisamente cómo codificar y medir interrupciones sin confundirlas con solapamientos, apoyos o cambios de tema. Un ejemplo es el artículo de Social Psychology Quarterly que aborda métodos sintácticos y contextuales para codificar conversación y pone el foco en esa dificultad de medición.
No es solo la intención y sí, la relación
Que la interrupción no sea malintencionada no evita que tenga consecuencias. Si ocurre de forma habitual, la otra persona puede leerlo como falta de interés, impaciencia o necesidad de controlar el rumbo de la charla. Ahí es donde aparece el desgaste, ya que la conversación deja de sentirse segura y empieza a vivirse como una batalla por el turno.
La salida suele ser menos espectacular de lo que parece, pero funciona cuando se practica: entrenar una escucha más consciente, dar margen real a los silencios y aprender a sostener la idea sin necesidad de soltarla de inmediato. No se trata de hablar menos, sino de hablar en el momento justo para que el otro no tenga la sensación de que, diga lo que diga, siempre va a quedar a medias.

