Son jubilados mayores de 80 años, aunque algunos ya superar los 100 años. Estos nacieron en 1920 y su vida estuvo marcada por la posguerra, el racionamiento y la incertidumbre. Hoy, estos jubilados miran lo que ha sido su vida y hablan de miedo, de pérdidas y de decisiones que marcaron su vida para siempre. También de amor, de segundas oportunidades y de la necesidad de seguir adelante.
Quien da vida a estas historias es el creador de contenido William Rossy, del canal Sprouht en YouTube, donde ha hablado con varios jubilados que han vivido la posguerra y la Segunda Guerra Mundial y les pregunta qué consejo darían a su yo más joven. Las respuestas, lejos de la retórica, son directas y a veces dolorosas.
Uno de los testimonios más impactantes es el de un hombre que fue enviado al frente siendo apenas un adolescente. Recuerda con exactitud el día en que se marchó. “Mi madre me abrazó y dijo: Ten cuidado, Billy”. Su padre quiso acompañarle hasta el tren. “Le dije a mi padre, por favor, no vengas a despedirme; cuando me giré para decir adiós, ya se había ido”. En ese instante, explica, comprendió que quizá no volvería. “¿Qué harían sin mí? ¿Qué harían?”.
“La guerra te cambia por dentro para siempre”
Muchos de los entrevistados coinciden en que la guerra no se queda en el campo de batalla. Permanecía dentro. Uno de ellos fue capturado y pasó cuatro años como prisionero. Entró con 18 años y salió con 25, pero no era el mismo. “Cuando andas durante cuatro años con la amenaza de una bayoneta clavada en la espalda, si no haces algo, aprendes a no mostrar ninguna emoción”.
Explica que esa represión emocional se convirtió en una forma de supervivencia. Mostrar miedo, ira o tristeza podía tener consecuencias. Años después, reconoce que quedaron vacíos. “Hay cosas que no puedo hacer emocionalmente”.
Otro veterano invita a visitar hospitales de antiguos combatientes para entender el verdadero coste de los conflictos. “Soldados heridos”, recuerda que muchos eran jóvenes sanos antes de alistarse y que, tras la guerra, el mundo siguió sin ellos.
Cuando terminó el conflicto, la alegría fue inmediata, pero también contenida. Algunos celebraron con cerveza ligera. Otros simplemente respiraron aliviados. “Cuando terminan las guerras es una gran bendición”, relata uno de ellos, que avisa del peligro de repetir errores históricos y del poder destructivo que hoy tiene la humanidad.
Amor, matrimonio y despedidas inesperadas
No todo gira en torno a la guerra. Las conversaciones también se detienen en el amor y en las relaciones que marcaron décadas enteras. Una mujer de 101 años resume su matrimonio con naturalidad. Discutían, hablaban y seguían adelante. “Dormíamos en la misma cama; él me daba la espalda, yo le daba la espalda a él y ese era el final”.
Otro entrevistado estuvo casado 49 años. Su mujer murió en un accidente de tráfico cuando salió a buscarle una medicina. “Éramos una sola persona”, asegura. Para él, el amor es querer a alguien más allá de la comprensión y compartir un propósito común.
También hay espacio para las rupturas tardías. Una mujer cuenta que, tras 46 años de matrimonio, su marido le pidió el divorcio cuando ella tenía más de 70 años. Se sintió devastada. Un año después le escribió una carta agradeciéndole la libertad. Por primera vez dejaba de ser parte de un matrimonio para ser ella misma. “Los tiempos difíciles llegan, pero también se van”, reflexiona.
Errores que solo se entienden con el paso del tiempo
Cuando se les pregunta por arrepentimientos, la respuesta más repetida sorprende por su sencillez. “Uno de los jubilados entrevistados por Sprouth”. Para muchos, vivir anclado en lo que pudo ser no aporta nada.

Algunas mujeres reconocen que se casaron demasiado jóvenes. “Tenía 19 años y un bebé a los 20. ¿Cuál era la prisa?”. Con la perspectiva de un siglo, habrían esperado.
Un hombre que perdió a un hijo por suicidio admite que pensar en lo que habría hecho diferente es un ejercicio inútil. Los errores forman parte de la vida y no siempre existe una gran moraleja final. Aun así, varios coinciden en una idea. Han intentado tratar a los demás como les gustaría ser tratados. Y eso les da tranquilidad.
Nunca es demasiado tarde
“No es demasiado tarde a los 40, nunca es demasiado tarde”, relata uno de los centenarios cuando el entrevistador le plantea la duda de quienes sienten que han perdido el tren de su vida.
Algunos atribuyen su longevidad a la suerte o al azar. Otros a mantenerse activos. Un hombre de más de 100 años asegura que sigue caminando todo lo que puede, que construye muebles y que mantiene el interés por lo que le rodea. “Las personas que miran hacia delante tienden a llegar más lejos”.
También hay quienes hablan de propósito. “Sé que todavía tengo algo que decir”. Encontrar aquello que mantiene la energía vital, sostienen, es más importante que cualquier fórmula milagrosa.

Tras más de ocho décadas de experiencias, guerras, matrimonios, hijos y despedidas, el balance no se construye sobre grandes titulares, sino sobre pequeñas decisiones diarias. Reír más. No vivir solo para uno mismo. Soltar la mochila de los rencores.
Son voces que han visto el mundo romperse y reconstruirse. Y quienes, desde la serenidad de quien ha vivido casi un siglo, recuerdan que la vida no se detiene en los errores ni en el miedo. Se construye cada día, incluso cuando parece demasiado tarde.

