A veces, para encontrarse a uno mismo, hace falta perderse del todo. Y si no, que se lo pregunten a Isabel, quien entró a un convento, convirtiéndose en monja de clausura, y acabó convertida en nutricionista y autora culinaria.
Su historia no es un caso aislado: según el INE, los cambios de trayectoria profesional han aumentado un 18% en la última década, reflejando una sociedad que prioriza la salud mental sobre la tradición.
Isabel no entró en el convento huyendo del mundo, sino buscándole un sentido. Formaba parte de ese sector de la juventud que, según el Observatorio de la Juventud en España, busca trascendencia fuera del consumo material. Era una chica que “ha buscado siempre el sentido de la vida”, tal y como detalla al programa La Tarde, de Telemadrid.
Pero, mientras la crisis de vocaciones en España ha dejado a los conventos con una caída de ingresos y personal del 30% en cinco años, Isabel vivió su propia crisis interna. Lejos de hallar la plenitud, se topó con que “siempre he sido muy insatisfecha, e incluso la misma religión no me satisfizo lo suficiente”. Ese mismo sentimiento fue la chispa que la impulsó a colgar los hábitos.
“Me fui apartando de la fe religiosa"
Lo curioso es que su pérdida de fe no ocurrió al salir del convento. Al cruzar la puerta, ella asegura que seguía siendo una persona creyente. Sin embargo, la verdadera crisis llegó estudiando a Dios en el extranjero.
Isabel se mudó a Alemania, un país donde el 30% de la población se declara no confesional, y comenzó a estudiar Teología y Filosofía. Fue el conocimiento académico lo que desmontó sus creencias. Y es que “el estudio profundo me hizo replantearme muchas cuestiones filosóficas y teológicas en las que poco a poco me fui apartando de la fe religiosa”.
Fue justo en este momento cuando también se enfrentó a la falta de autoestima, un problema que afecta al 60% de los jóvenes adultos y que es impulsado por un cambio traumático de estilo de vida.

“No era una persona que tuviera nada de seguridad en mí misma, ni confianza en mí, ni sabía quién era", admite.
Sin embargo, señala que la vocación de Abraham redefinió su existencia. Para Isabel, la clave está en el hebreo original: Lej Lejá, que significa 've hacia ti mismo". Ahí entendió que la verdadera “tierra prometida” es “sobre todo la conquista de uno mismo”.
“La cocina me ha ayudado a entender quién soy”
Y así, Isabel llegó a la cocina: cambiando la teología por la nutrición, un sector que en el país mueve más de 5.000 millones de euros anuales. Tal y como detalla al programa, los fogones “me han ayudado a entender esa parte de quién soy”.
Más que comer sano, cocinar es su forma de tocar tierra. Tras años enfocada en el ‘más allá’, la mezcla de sabores y el hacer distintos platillos le han regalado el presente que tanto disfruta. Para ella, el secreto fue esa “presencia plena que te exige la cocina: el aquí y el ahora”.

