¿Alguna vez has sentido que los días se te escapan entre los dedos mientras esperas ese 'gran momento que lo cambie todo? Todos hemos estado ahí: visualizando el éxito, el cuerpo perfecto o el trabajo soñado como si de un premio de la lotería se tratara. Pero la realidad es mucho más cruda. Mientras buscamos ese atajo mágico, nos olvidamos de que la verdadera transformación no ocurre en un gran evento, sino en ese pequeño café que te tomas antes de irte a trabajar o en esos minutos que le dedicas a leer un libro antes de irte a dormir.
El problema es que vivimos en la cultura de la inmediatez, donde si algo no es viral en redes sociales en menos de 24 horas, parece que no existiera. Y es que nos frustramos porque no vemos resultados inmediatos y abandonamos sin darnos cuenta de que estamos descuidando la herramienta más poderosa que tenemos.
Aquí es justo donde entra en juego una verdad que se formuló hace más de dos mil años, pero que hoy tiene más sentido que nunca. Aristóteles ya lo sabía: el secreto no está en lo que quieres ser, sino en lo que haces cuando nadie más te mira.
Qué quiso decir Aristóteles
Cuando el filósofo griego afirmaba que la excelencia es un hábito, no un acto, nos estaba recordando que la constancia pesa más que el talento. Y no se equivoca. No basta con un golpe de suerte, lo que realmente cuenta es la práctica diaria, la repetición consciente de aquello que nos acerca a ser mejores.
Aristóteles, que vivió entre los años 384 y 322 a.C., entendía la virtud como una cuestión de costumbre. Para él, la ética no era teoría, sino acción. Uno se convierte en valiente actuando con valentía, en justo actuando con justicia. En otras palabras… el ‘yo’ que somos es el resultado acumulado de miles de pequeñas decisiones.
Hoy, la ciencia le da la razón. Según un estudio del Instituto Nacional de Estadística (INE), el 67% de los españoles afirma querer mejorar algún aspecto de su vida, como hacer más ejercicio o comer mejor, pero solo el 27% logra mantener esos cambios más de tres meses. La razón es simple: intentamos transformar vidas enteras en lugar de construir hábitos sencillos y sostenibles.
Neurológicamente, el cerebro busca ahorrar energía repitiendo patrones. Por eso crear un hábito cuesta al principio, pero pronto se convierte en automático. Lo difícil no es empezar, sino persistir el tiempo suficiente para que la acción se convierta en parte de nosotros.
Hacer de la excelencia nuestra costumbre
La relevancia de la frase de Aristóteles hoy es enorme. En un contexto donde todo se mide por resultados inmediatos: likes, productividad, rendimiento…, el mensaje de este filósofo nos invita a reconciliarnos con el proceso.
Según datos de la Sociedad Española de Neurología (SEN) y diversos estudios sobre comportamiento humano, se estima que aproximadamente el 40% de nuestras acciones diarias no son decisiones conscientes, sino hábitos automáticos. Esto significa que casi la mitad de tu vida la pasas en ‘piloto automático’.
Si estos automecanismos juegan a tu favor, tienes medio camino hecho. En España, los niveles de sedentarismo y el uso excesivo de pantalla (más de tres horas de media al día en redes sociales, según informes de consumo digital) son esos hábitos negativos que están definiendo a nuestra sociedad actual.
Bajo este contexto, para combatirlo se necesita una evolución. Los expertos sugieren la regla de los incrementos mínimos: usar el 1% de lo que quieres hacer y sobreponer la constancia sobre la intensidad. Y es que, al final del día, la pregunta no es quién quieres ser, sino qué pequeñas acciones vas a repetir. Porque, como decía el sabio griego, “somos lo que hacemos repetidamente; la excelencia, entonces, no es un acto, sino un hábito”.

