En España, la hostelería no se entiende en su totalidad sin trabajadores extranjeros: cerca de un tercio del personal del sector procede de otros países. Los que llegan aquí se enfrentan a enormes dificultades como las barreras del idioma, falta de red de apoyo, discriminación laboral y contratos precarios concentrados en sectores duros como hostelería, agricultura o construcción.
Con más de 3,1 millones de extranjeros afiliados a la Seguridad Social, el 14% del total de ocupados, muchos, como Wilder, viven el miedo constante a despidos injustos o explotación.
“Estás despedido, firma aquí”
Este joven peruano lleva más de un año y medio viviendo en Madrid y trabajando como ayudante de cocina en un restaurante de comida mediterránea. Llegó con una maleta llena de sueños y con la esperanza de construir una vida estable lejos de su país.
Sin embargo, sin esperarlo, una tarde su vida cambió completamente. Wilder tenía turno partido y estaba en casa en su horario de descanso. Por la noche debía volver al trabajo, pero Camila, su pareja y quien estaba embarazada, se puso muy mal.
Aunque avisó a su trabajo que faltaría para llevarla al hospital, le negaron el permiso. Aun así, tomó la decisión de ir: “Obviamente mi prioridad es mi novia y falté”, explica en sus redes sociales.
Al día siguiente, el dueño, molesto, le llamó la atención. Wilder explicó lo ocurrido y decidió contar algo que hasta entonces no había dicho en el trabajo: iba a ser padre.
Tras el turno, le pidieron que se quedara a hablar. El joven peruano salió y se encontró con el dueño del restaurante con un documento. “Me dijo: ”Estás despedido, firma aquí". Me quedé en shock", recuerda.
“Mi única respuesta fue que no iba a firmar hasta que mis abogados lo revisaran. Yo no sabía nada”, relata. El empresario le dijo que se trataba de un despido improcedente, una figura legal que en España obliga a la empresa a indemnizar al trabajador cuando no hay causa válida para echarle.
“Podíamos hacer un juicio… pero iba a ser tardado”
Wilder acudió a un abogado al día siguiente. “Le expliqué el caso y me dijo que podíamos hacer un juicio, pero iba a ser tardado”, relata. El letrado le advirtió de que el proceso sería largo y que, en este caso, el dueño ya le reconocía la indemnización que le correspondía, por lo que difícilmente obtendría más.
“De alguna manera me convenció porque el dueño me reconocía todo lo que me iba a pagar”, explica. Al final, “firmé el documento y ya estoy despedido”.
En un país donde casi 7 millones de residentes son extranjeros y su peso en el mercado no deja de crecer, historias como la de Wilder muestran las circunstancias a las que se enfrentan los migrantes.

