Dejar la estabilidad de una consultora como Deloitte o de gigantes tecnológicos como Google y Glovo para adentrarse en el sector del kebab no es una decisión que se tome a la ligera. Sin embargo, para Carlos, fundador de Jekes, fue el paso natural tras detectar un hueco en el mercado gastronómico español. Lo que comenzó como una pregunta entre socios se ha transformado en una marca que ha llegado a registrar picos de facturación de 7.000 euros en un solo día.
La historia nace de una observación del mercado. Carlos venía de trabajar años en consultoría y startups, pero vio que algo faltaba en la restauración. “Jekes nace de una pregunta que se hizo su socio: ¿por qué no el kebab? Con toda la ola de buenas pizzas, buenas hamburguesas y buenos burritos que surgió hace 10 años?”, explica el emprendedor.
Hasta ese momento, este plato estaba estigmatizado. “En España hay 3.000 kebabs y todos en general son autoempleo, muy étnicos o con una oferta muy clara de precio y abrir de madrugada”, detalla. Su propuesta fue radicalmente opuesta: “Nosotros veníamos a mejorar ese producto, no a ir contra ellos”, apostando por “ingredientes naturales, sin ultraprocesados”.
De limpiar la carne a mano a perder 350.000 euros por un error
Los inicios, como en casi cualquier emprendimiento ambicioso, estuvieron marcados por el aprendizaje a base de prueba y error. El reto principal no fue solo el local, sino el producto mismo. “Hacer los pinchos tú solo es una temeridad”, confiesa Carlos sobre la complejidad operativa. Al principio lo hacían manual en cada local: “Limpiábamos, marinábamos y pinchábamos. Se te escapan ternillas o huesecillos”.
Hoy, la profesionalización es total: “Ahora lo hacemos en un obrador que tiene la maquinaria para garantizar que ese pincho está perfectamente hecho. Nos lo mandan ultracongelado y nosotros lo descongelamos mientras se cocina”.
Sin embargo, el rápido crecimiento tuvo un precio. La ambición por expandirse les llevó a cometer un fallo de cálculo estratégico en el barrio de Chamberí. “Nuestro error fue pensar que el tercer local iba a facturar como mínimo lo que facturaba el que menos de los otros dos”, admite. La realidad fue distinta y tuvieron que cerrar a los cuatro meses. “Nos costó 350.000 euros, pero preferimos no dilatar la agonía”, sentencia sobre la dureza del sector.
Facturación récord y la búsqueda de socios con "skin in the game"
A pesar de los tropiezos, las cifras respaldan su modelo. La eficiencia en locales pequeños (menos de 60m²) y la rotación han disparado los números. “Miramos más la semana; hicimos 37.000 euros una hace un año y 7.000 euros en un día”, revela Carlos sobre la capacidad de venta de la marca.
El modelo se sostiene también gracias al delivery, que representa un 40% de las ventas, aunque la rentabilidad mejora con el volumen. “Tenemos una rentabilidad marginal creciente: si cubres costes fijos con los primeros 100 pedidos, los siguientes son más rentables”, explica.
Para la expansión fuera de Madrid, Jekes ha optado por el modelo de franquicia, pero con condiciones. Buscan socios que facturen “medio millón al año”, pero para ello exigen compromiso total. “Solo es posible si hay una persona encargada que tenga skin in the game (que se juegue su dinero)”, asegura Carlos, insistiendo en que en hostelería hay que “estar encima del negocio”.
Un mercado donde "entran 500 kebabs buenos"
La apuesta por romper el status quo del kebab ha demostrado que había demanda de un público diverso, desde oficinistas hasta familias. “Hemos roto esa barrera del kebab de barrio”, afirma.
Las expectativas para el futuro son optimistas en un sector que Carlos ve en auge. A pesar de que “abrir un restaurante es lo más arriesgado que puedes hacer con tu dinero”, el fundador de Jekes cree que aún hay mucho margen de crecimiento frente a la competencia.
“Yo creo que entran 500 kebabs buenos en España. Ojalá pase como con la hamburguesa, que el cliente pueda elegir”, concluye, con la vista puesta en seguir abriendo locales y consolidar una categoría que hasta hace poco nadie se atrevía a tocar.

