La persistencia de las pensiones bajas y el aumento de las personas que viven en la calle dibujan uno de los rostros más crudos de la exclusión social en España. A esta vulnerabilidad económica se suma el deterioro de la salud física y mental entre quienes, tras una vida entera trabajando, se ven forzados a sobrevivir sin un techo y bajo las peores condiciones.
Es el caso de Francisco Javier, un jubilado que percibe una pensión de 650 euros mensuales y que relata en primera persona la dureza de la vida en la calle. “Yo cobro 650 euros mensuales, tengo 14 pagas. A ver, dime tú, ¿cómo hago yo para vivir con 650 en la calle? Pues comer bocadillos cada día. Y si tú crees que comiendo bocadillos cada día puedo sobrevivir, pues no”, explica en una entrevista para ‘Badalona Comunicació’.
Tras pasar 18 días hospitalizado y ser diagnosticado de una enfermedad pulmonar, tal y como señala, describe que el frío y la inseguridad que hay en la calle es lo habitual. “Hay gente que está enferma realmente y necesita un techo para dormir y para hacerse su pequeña vida”, asegura subrayando que “esto no se puede aguantar, y más dormir al raso”.
Siente vergüenza cuando la gente le ve en la calle
Francisco Javier subraya, además, la carga emocional y el estigma asociado a la pobreza. “La vergüenza que pasas cuando la gente te ve con la maleta, con la mochila, la chaqueta medio rota…”, lamenta, aunque procura “ir siempre limpio”.
También, denuncia el esfuerzo físico y psicológico que supone la falta de recursos y asegura que “nadie se merece dormir en la calle. Nadie, nadie, nadie se lo merece. Por muy mala persona que sea, mételo en la cárcel, pero vivir en la calle, no hay derecho”, concluye.
El Instituto Nacional de Estadística estima que más de 28.500 personas viven en la calle en España, según datos del 2022, una cifra que las entidades sociales consideran infrarrepresentada. Entre ellas, crece el número de mayores que, como este jubilado, sobreviven con ingresos por debajo del umbral de pobreza.
Además, las entidades sociales alertan de que la falta de acceso a la atención sanitaria, unido a la exposición constante al frío y la inseguridad, incrementa el riesgo de enfermedades crónicas y empeora las condiciones de vida de este colectivo. El aislamiento, la soledad y el estigma agravan un cuadro que, lejos de resolverse, se hace crónico y condena a miles de personas mayores a una vejez marcada por la precariedad.

