Es verdaderamente insólito que una madre y su hijo se jubilen exactamente el mismo día. Pero esto les ha ocurrido a Éléonore y Didier, de 97 y 67 años respectivamente, quienes han cerrado la panadería familiar que regentaban con 167 años de historia. Una decisión que no ha sido fácil, por el legado que dejan atrás, y que les deja una nueva realidad a la que aún se están acostumbrando.
Residentes de Arandon-Passins, un pequeño municipio de Isère (Francia), han recibido todo un aluvión de felicitaciones. Éléonore, eso sí, asegura que si hubiera podido, habría seguido trabajando. Junto a su hijo, regentaba la panadería-bar, que cerró sus puertas el 1 de octubre de 2025, y llevaba abierta desde 1858.
Una historia de lo más peculiar por la que muchos vecinos han decidido homenajearles, asegurando Éléonore que tanto ella como su hijo se quedaron “muy sorprendidos” y les costó contener la emoción. “Hemos aguantado hasta ahora. Ahora hay que cerrar la puerta”, declaró al medio ‘RTL’.
Didier, por su parte, asegura tener “la sensación de deber cumplido” y, aunque creía que “se iba a sentir mal”, no ha sido así. De hecho, afirma que se siente “en paz”. Su madre se consuela en que todavía tiene “muchas cosas por hacer”, como disfrutar de su familia. Y es que Éléonore sigue gozando de muy buena salud y no piensa quedarse parada durante su más que merecida jubilación.
“Una se acostumbra, ya me levanto a las 8 en lugar de a las 6”
Tras más de dos meses desde el cierre de la panadería, que durante más de un siglo ha ido pasando de generación en generación, Didier aseguró que seguía acudiendo todos los días, aunque estuviera cerrada. “Sigue igual. Vuelvo todos los días. Pero ya no hay pan”, contó al medio ‘Ici’.
Para llenar ese vacío que sintió en el negocio, decidió montar la fiesta de Navidad, con el belén y el árbol, allí. Su madre, aunque no se ha aburrido, también indicó que sentía cierta nostalgia y echaba de menos situaciones cotidianas del día a día: “Buenos días, Nonore [como llaman a Éléonore], quiero pan. Todas las mañanas. Echo de menos eso, el timbre... Fue muy duro, muy difícil de hacer, no fue fácil tomar una decisión, pero había que tomar una”, relata.
Sin embargo, también asegura que se ha hecho a esta nueva situación, aunque eso suponga cambiar parte de su rutina: “Una se acostumbra, ya me levanto a las 8 en lugar de a las 6”, afirma. Didier también está tratando de habituar a su cuerpo a su nuevo día a día: “Ha cambiado. Antes me levantaba todas las noches a medianoche. Ahora intento acostarme un poco más tarde para poder levantarme a las 6, pero sigue siendo complicado”, asegura.
En la trastienda de la panadería, que es la casa familiar, sigue estando el horno de pan, asegurando Didier que sigue horneando cada día: “Hago un poco. Hago para mí el pan que quiero, bien cocido, bien elaborado”. Cada uno, a su manera, trata de asimilar su nueva realidad y el hecho de haber cerrado un negocio con 167 años de historia. El tiempo les dirá si hay alguien a la altura para darle una nueva vida.