Sue: “Con casi 70 años, vendí la casa en la que crié a mi hijo y acepté un trabajo en un crucero. Eso me dio la libertad que necesitaba”

Esta mujer es el ejemplo de que nunca es tarde para reinventarse, consiguiendo un trabajo que le ha devuelto la creatividad.

Sue Barr, de casi 70 años |Business Insider
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A una edad en la que muchos piensan en la jubilación como punto final, hay personas que deciden reinventarse. Hombres y mujeres de edad avanzada que, lejos de resignarse al paso del tiempo, empiezan de cero, aprenden nuevas habilidades y emprenden proyectos personales o profesionales, demostrando que nunca es tarde para cambiar de rumbo y seguir siendo protagonistas de su propia historia.

Es el caso de Sue Barr quien a sus casi 70 años, con su hijo ya mayor y totalmente independizado, se dio cuenta de que la casa en la que se había volcado durante décadas ya no le ofrecía el futuro que deseaba. “Durante casi 20 años, esa casa era el símbolo de la estabilidad (...). Allí crié a mi hijo como madre soltera y construí mi carrera como fotógrafa. La mayoría de la gente daba por hecho que me quedaría allí para siempre”, cuenta en primera persona para ‘Business Insider’.

Sin embargo, cuando su hijo se graduó y se mudó a Orlando, notó que algo cambió. “Había pasado años animándole a vivir la vida que él quería. De repente, me di cuenta de que yo tenía que hacer lo mismo”, confiesa. Además, estaba creando una importante deuda por aquella vivienda, lo que le privaba de disponer de ese dinero para otras cosas.

“Había construido un hogar para criar a un niño seguro e independiente, y lo había conseguido, pero aferrarme a la casa me impedía avanzar hacia la siguiente etapa de mi vida, una etapa llena de posibilidades creativas que la deuda me impedía alcanzar”, relata al citado medio.

“Vender la casa me proporcionó el espacio financiero y emocional necesario para abordar algo que había estado evitando durante años”

En esta situación, Sue se dio cuenta de que no importaban los objetos materiales, sino los recuerdos. Unos recuerdos para los que no necesitaba aquella casa tan grande. Por ello, fotografió aquello que siempre quería retener en su memoria y donó casi todos sus objetos personales. “Dejarlo ir me dio un respiro por primera vez en años”, asegura.

El siguiente paso fue vender la vivienda: “Vender la casa me proporcionó el espacio financiero y emocional necesario para abordar algo que había estado evitando durante años”, que era recibir el tratamiento dental que tanto necesitaba, habiendo perdido incluso varios dientes. Como fotógrafa, siempre animaba a los demás y los invitaba a sonreír, algo que ella no podía hacer.

Así, tiró de un antiguo contacto y se trasladó a Brasil para poder recibir este tratamiento, ya que el coste era más bajo que en Estados Unidos. Todo salió bien, volviendo a recuperar su sonrisa. “El peso físico y financiero que había soportado durante años comenzó a aliviarse. Brasil me devolvió la confianza y me recordó que aún era posible reinventarme”, afirma.

De fotógrafa en un crucero

El siguiente gran paso en la reinvención de Sue fue postularse para varios trabajos de fotógrafa en cruceros, siendo seleccionada para uno de ellos. Aunque tuvo que pasar unas revisiones médicas bastante exhaustivas, lo consiguió, debiendo trasladarse hasta Sidney (Australia) para empezar con su primer crucero.

“La vida en el mar era un estudio de contrastes. Fotografiaba en un estudio en la planta 15, pero dormía mucho más abajo, en un camarote sin ventanas. Cada día subía interminables tramos de escaleras. Los antiguos programas, cámaras y equipos hacían que mis días fueran largos y tediosos. Pero, en cubierta, el océano hacía que todo mereciera la pena”, cuenta Sue sobre esta experiencia.

Asimismo, destaca que volvió a ser una persona creativa, creyendo que la inspiración y su capacidad de absorber se produjo al haberse desprendido de tantas cosas que ya realmente no necesitaba. En solo seis meses, había visitado tres continentes y estaba más sana que en años: “por primera vez en décadas, mi sonrisa era sincera”, añade.

Pero su estado de salud y de ánimo no fue lo único que mejoró: “Mis responsabilidades financieras parecían más ligeras y la chispa que había perdido por fin volvió tras años acumulando pertenencias y obligaciones que me habían mantenido anclada cuando estaba lista para zarpar hacia otro capítulo lleno de creatividad”.

Mientras se recuperaba en Miami de una lesión, le informaron de que, la plaza que había solicitado en un apartamento, con vistas al mar y compuesta por una comunidad de artistas, podía ser suya, tratándose de un alquiler que sí se podía permitir. “Sentí que el universo me estaba dando la oportunidad de hacer realidad mis esperanzas y mi creatividad”, indica, al tiempo que explica que había dejado atrás todo lo que frenaba. “Lo que gané fue libertad, la libertad de crear, de viajar y de volver a sonreír libremente, con mi cámara como pasaporte hacia el futuro”, concluyó.

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