Hay objetos que definen una época mejor que cualquier libro de historia. Para muchos, fue una llave colgada al cuello con un cordón bajo la camiseta. No era una simple moda, sino la señal de que al salir del colegio se llegaría a una casa en silencio y la calle se convertía en la solución del aburrimiento.
Hoy, la psicología y la neurociencia están volviendo la vista atrás hacia esa ‘última generación’ que creció sin pantallas, sin supervisión constante y con las rodillas permanentemente tatuadas por costras.
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Lo que entonces parecía una crianza descuidada, hoy se revela como un entrenamiento intensivo en competencias cognitivas y emocionales que el sistema educativo actual difícilmente puede replicar.
El aburrimiento como motor de la arquitectura de nuestro cerebro
¿Quién no ha dicho alguna vez: “Mamá, me aburro”? Aunque esta es una de las frases más comunes entre los pequeños, hace décadas la respuesta definitiva era un claro: “Busca algo que hacer”. Sin iPad ni YouTube, el cerebro se veía obligado a buscar otras alternativas como salir a la calle.
Estudios neurocientíficos actuales confirman que el aburrimiento fomenta el pensamiento autónomo y la creatividad. Es decir; cuando nos quedamos sin estímulos externos, como pantallas o distracciones, se activa lo que los científicos llaman la ‘red neuronal por defecto’.
Es en ese estado de aparente calma cuando nuestra mente se ve forzada a encender la maquinaria y fabricar ideas originales para llenar ese vacío. Y es que, aquellas tardes de verano que parecían no acabar nunca fueron, en realidad, un gimnasio para el cerebro.
Sin darse cuenta, se estaba fortaleciendo un músculo vital: la capacidad de tolerar el silencio y la falta de estímulos sin caer en la ansiedad.
Las cicatrices: los primeros aprendizajes
Aquellas rodillas raspadas que acompañaron durante los años 80's o 90's eran el claro ejemplo de experimentación. Al trepar árboles o bajar cuestas en bicicleta, se estaba haciendo aquello que llaman los científicos ‘calibrar el sentido del riesgo’.
En lugar de tener miedo, se aprendía de forma empírica dónde estaba el límite real entre un salto divertido y una caída dolorosa. Mientras que hoy los parques tienen suelos acolchados y esquinas redondeadas para evitar cualquier rasguño, aquella generación aprendió que el dolor pasa y las heridas se curan.
Inteligencia emocional y paciencia
Sin embargo, quizás el aprendizaje más valioso ocurrió durante los partidos de fútbol callejero donde no había VAR, ni adultos o mediadores. Si había una disputa, se tenía que resolver entre los involucrados, a veces con gritos y otras con pactos, pero siempre por cuenta propia. Esto obligó al cerebro a desarrollar una inteligencia emocional de guerrilla.
Y sin darse cuenta, aquellos niños se convirtieron en expertos en leer el lenguaje no verbal y la capacidad de negociar y sobrevivir al desacuerdo. A todo ello se suma un punto más: la paciencia. Muchos de ellos tenían que aguantar varios días para ver el siguiente capítulo de alguna serie. Una espera que la psicología llama ‘gratificación diferida’.
Y es que hoy la ciencia confirma que saber esperar es uno de los mejores predictores del éxito: quienes dominan la paciencia suelen tener mejores resultados académicos y menos tendencia a las adicciones.