Imagina por un momento la China de hace 2.500 años. No debes visualizar palacios de seda, sino un tablero de ajedrez donde las guerras entre estados era el pan de cada día. En medio de ese caos, en la región de Lu, un hombre que trabajaba como carpintero y procedía de una familia noble decidió que la violencia no era la solución. Su nombre era Kǒng Qiū, pero el mundo entero terminaría llamándolo Confucio.
Lo curioso es que Confucio nunca escribió una sola línea. Al igual que Sócrates, sus ideas sobrevivieron gracias a sus discípulos, quienes recopilaron sus enseñanzas en las famosas Anacletas. Aquel ‘maestro Kong’ no buscaba milagros, sino algo mucho más difícil de encontrar: el orden a través de la bondad y el respeto.
Una de las frases que más se recuerdan es que “el hombre que es firme, paciente y natural está cerca de la virtud”, y no se equivoca. En pleno siglo XXI, donde la inmediatez está a la orden del día y el éxito se mide en ‘likes’, estas palabras suenan casi a una revolución.
Según datos de la UNESCO, el pensamiento de Confucio es Patrimonio Cultural Inmaterial, reconociendo su impacto en la educación y la moral de Asia Oriental, como China, Corea, Japón y Vietnam. De hecho, se estima que sus enseñanzas influyen cada día a 1.600 millones de habitantes.
¿Para qué nos sirve Confucio hoy en día?
Para aplicar esta sencillez en la era del teletrabajo y donde el estrés es parte fundamental del día a día, la filosofía de Confucio ofrece tres herramientas clave:
- La paciencia frente al ruido
- La sencillez frente al consumismo.
- El respeto a la jerarquía. Es decir, reivindica el valor de nuestros mayores y el cuidado de la familia como base de una sociedad sana.
Y es que, como bien señalaba el maestro, la gran diferencia entre el “hombre superior” y el “vulgar” no reside en su cuenta corriente del banco, sino en el control de su propio caos interior. Mientras el primero cultiva una paz y mantiene la tranquilidad, el segundo se deja arrastrar por el ruido externo.