En un país con 49 millones de personas, solo un centenar tiene las llaves de los aviones más potentes de nuestra defensa. Uno de esos ‘elegidos’ es Enrique Gil Cañete, capitán del Ejército del Aire y del Espacio y piloto del caza F-18 en el Ala 12, unidad militar con aviones de caza ubicada en la Base Aérea de Torrejón de Ardoz, a 23 kilómetros de Madrid.
A sus 31 años, Enrique habla con una naturalidad tan característica como aquel que va a la oficina, aunque esa oficina vuele a dos veces la velocidad del sonido. Lo cierto es que llegar a la cabina de un caza no es cuestión de suerte. Se trata de obstáculos que empiezan con una oposición brutal: “Se presentaron unas 5.000 personas para apenas 27 o 30 plazas”, confiesa el piloto a Uri Sabat en La fórmula del éxito.
Tras cinco años de formación militar e ingeniería, a los 23 años ya estaba a los mandos de un avión de combate. “Con 23 años volando un caza… te sientes el rey del mundo”, explica Enrique. Pero esa sensación inicial de poder rápidamente se transforma en una completa responsabilidad. Volar un F-18 no es como en las películas, es un reto físico constante, especialmente por la fuerza G, que empuja el cuerpo hasta límites insospechados.
“La sangre de la cabeza se te va a los pies”, detalla Enrique, quien, para no desmayarse en pleno giro, los pilotos dependen de unos pantalones neumáticos y de una técnica de tensión muscular que los deja exhaustos: se sienten “como si te estuviesen aplastando”.
“No es miedo, es respeto”
Muchos se preguntan cuánto cobra un profesional que arriesga la vida en cada despegue. Aunque un F-18 cuesta unos 60 millones de euros, el sueldo de quien lo maneja es mucho más terrenal. Enrique, con rango de capitán, confiesa que en su última nómina cobró 2.790 euros.
Por esa cifra, el Estado no solo le pide volar; le exige ser un superviviente nato. Su entrenamiento oficial incluye pruebas de resistencia extremas, como pasar “5 días sin comer” o tener que dormir en una balsa a la deriva en mitad del mar para estar listo ante cualquier accidente.
Su carrera lo ha llevado a Lituania, en las misiones de Policía Aérea del Báltico (BAP) de la OTAN. Allí, el juego es real: identificar aeronaves rusas que vuelan “a ciegas”, sin plan de vuelo ni transpondedor. La cercanía en el aire es tal que, según cuenta, “les podemos leer la matrícula”. Aunque ambos bandos van armados hasta los dientes con misiles reales, Enrique lo define como una “calma tensa”.
El protocolo para apretar el gatillo es sagrado y no depende de un arrebato del piloto, pero hay una línea roja: “Si yo veo que esa aeronave está abriendo fuego… nosotros podemos llegar a abatirla”.
A pesar de manejar lo que muchos ven como una herramienta de guerra, el capitán lo tiene claro: “Nosotros lo que queremos es vivir en paz”. Para él, su labor es la máxima expresión de la disuasión; es decir, “si yo tengo a un tío de 2 metros y 120 kg de músculo… nadie va a querer meterse con alguien así”.