Marta (29) monja de clausura: "Somos autónomas y vivimos de lo que ganamos vendiendo cosmética, es lo que sostiene nuestra vida"

España cuenta con unas 7.500 monjas de clausura. Marta es una de ellas. Ingresó con solo 16 años y, tras décadas de entrega, tiene clara una lección de vida: "Rendirse hubiera sido lo fácil".

Marta (29) monja de clausura: "Somos autónomas y vivimos de lo que ganamos vendiendo cosmética, es lo que sostiene nuestra vida" |YouTube.
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En nuestro país, las monjas de clausura siguen siendo un referente de la vida contemplativa, pero su mundo está cambiando drásticamente. España alberga aproximadamente un tercio de los monasterios de clausura del mundo, aproximadamente unos 710 abiertos, pero, lejos de lo que se pueda pensar, la población de monjas ha caído de más de 10.000 hace una década a entre 7.300 y 7.500 hoy en día. 

Los cálculos no fallan. Se calcula que se cierran entre 20 y 22 monasterios al año por falta de vocaciones y envejecimiento, con una edad media superior a los 75 años. Y es que el 95% de la vida contemplativa es femenina, y en muchas comunidades dependen de vocaciones de África, América Latina y Asia. 

Bajo este contexto, las monjas no viven de limosnas, sino que son consideradas pequeñas empresas. Cotizan al Régimen Especial de Trabajadores Autónomos (RETA) y venden desde repostería, artesanía, cosmética y hasta servicios digitales. Sin embargo, cada día enfrentan retos como el mantenimiento de edificios monumentales con muy pocos recursos

“Fue amor a primera vista”

Para Marta, una joven española de 29 años de edad, la vocación la descubrió a los 16 años tras unas vacaciones con su familia. “Me llamaba mucho la atención. Fue en un monasterio benedictino donde conocí cómo viven y cuál es su espiritualidad a través de la regla de San Benito. Fue un amor a primera vista”, recuerda en YouTube a David Jiménez.

Sus padres lo aceptaron sin ninguna objeción. El camino no fue nada fácil. Pasó por varias etapas: aspirantado, postulantado, noviciado, votos temporales y profesión solemne. “Rendirse hubiera sido lo fácil, pero descubrí que el Señor me llamaba a esto”, afirma. 

Ahora, convive con 10 monjas de 21 a 95 años, incluidas hermanas de Nigeria. Su rutina incluye oración, trabajo en cocina, realización de dulces y cosmética y el canal de YouTube que abrió para “naturalizar nuestro oficio y mostrar que las monjas somos normales y felices”.

La cosmética, la gran ‘tabla de salvación’ para los conventos

Aunque se piense que la vida en un monasterio es ‘barata’, para mantenerlo a flote se necesitan ingresos de todo tipo. Es por ello que las monjas de clausura trabajan duro para poder sostener la economía del lugar para pagar servicios como agua, luz, internet o alimentación. Y es que tan solo calentar un monasterio de piedra del siglo XVI puede llegar a costar hasta 3.000 euros al mes en pleno invierno.

A pesar de que gran parte del presupuesto de estos lugares proviene de las pensiones de jubilación de las hermanas mayores, que suelen ser mínimas, en torno a los 700 u 800 euros al mes, los dulces y la cosmética completan lo que la pensión no alcanza.

Es por esto mismo que esta última se ha convertido en la gran ‘tabla de salvación’ para muchos conventos que buscan diversificarse más allá de los dulces, que son estacionarios y muy competitivos. Lo que las distingue es el uso de ingredientes de sus propios huertos, la ausencia de químicos agresivos y, sobre todo, una elaboración lenta que contrasta con la cosmética industrial. 

Y pese a lo que muchos piensen, los conventos, en su mayoría, no reciben dinero por parte de la Iglesia en la declaración de la renta, ya que ese dinero va a las diócesis para el culto y el clero secular, no a los monasterios de clausura. Por lo tanto, estos viven literalmente de lo que venden.

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