La vida no avisa cuando una decisión marcará el resto del camino. A los 20 o a los 30 años, casi todo parece reversible. A los 80, en cambio, los recuerdos pesan más que los proyectos y las palabras se dicen sin adornos. “Uno cree que siempre hay tiempo, pero el tiempo no espera a nadie”, resume una mujer de 87 años con la serenidad de quien ya no necesita justificar nada.
Según un conocido estudio de la Universidad de Harvard, dirigido por el psiquiatra Robert Waldinger, el arrepentimiento no se vive igual en hombres y mujeres. “Las mujeres suelen lamentar no haber vivido una vida más auténtica, condicionadas por lo que se esperaba de ellas”, explica el investigador. En los hombres, el patrón se repite en otro sentido: “haber trabajado demasiado, haber pasado poco tiempo con la familia y haber reprimido sus emociones”.
Esa sinceridad es la que recoge el creador de contenido, Jaime Gumiel en un vídeo publicado hace unos meses en YouTube, donde entrevista a varios jubilados, la mayoría mayores de 80 años, donde cuentan sus mayores errores, aciertos que han cometido a lo largo de su vida. El resultado es un retrato crudo y humano de una generación que aprendió a base de sacrificio y silencios.
“A esta edad solo quieres tranquilidad”
Las edades hablan por sí solas. “Tengo 87, voy para 88”, dice una de las mujeres entrevistadas. Otra reconoce tener “80 recién cumplidos”. Entre los hombres, las cifras se repiten: 83, 84… incluso alguno algo más joven que se cuela en la conversación con una mentalidad distinta.
Cuando se les pregunta qué se siente al llegar a esa edad, las respuestas son directas. “Estar cansada de que el cuerpo ya no responda”, confiesa una mujer. “Hay días que puedo andar y otros que no. Ahora solo quiero estar tranquilita en casa”.
Otro jubilado asiente: “Se nota el agotamiento, el cansancio de toda una vida”. No todos lo viven igual. Un hombre de 67 años rompe el molde: “Yo me siento joven. La mente sigue activa, aunque los años sigan cayendo”.
¿Una vida feliz? “Todo lo feliz que se podía”
Hablar de felicidad, para ellos, no es hablar de comodidad. “Relativamente feliz, pero con muchísimo trabajo y hambre en la niñez”, recuerda un hombre que empezó a trabajar en el campo con apenas nueve años. “Casi no fui al colegio”, añade, sin rencor, como quien relata algo inevitable.
Una mujer resume su historia con pocas palabras: “Me casé joven y fui feliz hasta que mi marido falleció. Lo recuerdo todos los días”. Otra ofrece una visión distinta: “Me separé con 32 años. Antes parecía que tenías que aguantar por obligación. Ahora me da igual lo que diga la vecina”. Y lo dice sin amargura, convencida de que tomó la mejor decisión posible en aquel momento.
La pregunta es inevitable: si pudieran volver atrás, ¿lo harían? “Sí, claro que sí”, responde un jubilado sin dudar. “Volvería a los 25 para llegar otra vez hasta aquí, pero con la cabeza que tengo ahora”. Otra mujer se lo piensa más: “Me gustaría tener 25 años con todo lo que sé hoy, pero como eso es imposible… mejor me quedo como estoy”.
Hay quien no siente esa nostalgia. “La vida viene y se va. No hay nada que salvar ni repetir”, afirma uno de los hombres, resignado y sereno. En cambio, una mujer se emociona: “Volvería solo por volver a tener a mis padres. No por juventud, sino por volver a abrazarlos”.
Cuando se habla de errores, el tono cambia. “Me arrepiento de no haberme ido a trabajar fuera cuando pude”, reconoce un hombre. Otro es tajante: “De la vida no me arrepiento de nada. He tenido de todo y ahora tengo la vida resuelta”.
Pero una confesión destaca sobre el resto y da sentido al titular. Una mujer mayor lo dice sin rodeos: “Me arrepiento de haberles dado mis propiedades a mis hijas antes de tiempo”. No habla de traición directa, pero sí de decepción. “Vendieron cosas que para mí tenían un valor sentimental enorme. Para ellas era dinero”. También hay arrepentimientos más íntimos. “De haberme casado”, confiesa otra mujer, sin dramatismo, como quien asume que no todas las decisiones salen bien.
“La vida te enseña lo peor y lo mejor de la gente”
Las enseñanzas llegan con los años. “La vida te muestra la falsedad y la hipocresía. Las traiciones de quien más quieres son las que más duelen”, explica una mujer con voz cansada. Un hombre lo resume de otra forma: “He aprendido a valorar la salud y las cosas pequeñas. Yo salí de casa con 22 años y una bolsa de plástico. Todo lo que tengo lo hice trabajando”.
Cuando se les pide un consejo para los jóvenes, casi todos coinciden. “Que disfruten la vida lo mejor posible”. Otro va más allá: “Les veo tristes y desanimados. Lo tienen todo y aun así no son felices. Antes, con nada, nos lo pasábamos bien”. Critican la dependencia y la prisa. “Que no esperen que papá les dé todo”, dice uno. “La vida cuesta y hay que aprenderlo”.