Vivir en los centros urbanos implica, a menudo, renunciar a los metros cuadrados. Mientras el precio de la vivienda sigue escalando y los pisos de nueva construcción son cada vez más compactos, los españoles se enfrentan a un problema logístico: dónde guardar todo lo que no cabe en casa.
Los edificios antiguos, predominantes en muchos cascos históricos, carecen de zonas de almacenaje, y es ahí donde surge un nicho de mercado que personas como Vero, están aprovechando, convirtiendo este negocio de los trasteros en una mina de oro.
Con una operativa casi 100% automatizada y una ocupación que roza el 100% de ocupación, gestiona un centro en Sabadell (Barcelona) con 97 trasteros que, según sus cuentas, le ofrecen una rentabilidad de “entre un 15 y un 20%”.
Una oportunidad en la falta de espacio
A diferencia de los gigantes del sector como Blue Space, que se ubican en grandes naves en polígonos industriales y buscan clientes de mudanzas o empresas, el modelo de Vero ataca una necesidad mucho más cotidiana: el vecino de barrio.
“Para nosotros Blue Space no es nuestro competidor, porque su cliente es otro”, explica Vero. “Nuestros clientes son del día a día, del paso, nuestros propios vecinos de arriba o de al lado”. El perfil es claro: gente que vive en pisos antiguos de la zona que “no tenían ni trasteros ni nada” y necesitan un desahogo para guardar “la ropa para el cambio de armario, las cosas de la playa o del esquí”.
La fórmula funciona. En su centro de Sabadell, la tasa de ocupación es del 99% y la rotación es mínima. “Alquilamos a gente que no se va a mover; es un más a más de su vivienda”, asegura.
100.000 euros de inversión y gestión desde el móvil
La barrera de entrada no es tan alta como la compra de un edificio, pero requiere capital. Para montar su local de 400 metros cuadrados en Sabadell, la inversión rondó los 100.000 euros aproximadamente. “Siempre haces un presupuesto y luego siempre salen cambios de última hora, pero este nos costó eso”, detalla la propietaria.
A cambio esta inversión dio sus frutos. El ticket medio de alquiler es de unos 50 euros al mes (IVA y seguro incluidos) por un espacio de 2 metros cuadrados. Con una facturación mensual que ronda los 4.500 euros por centro y unos gastos fijos de estructura mínimos, cerca de 2.000 euros, donde el grueso es el alquiler del local, el margen es considerable.
Lo más llamativo no es solo el dinero, sino el tiempo. Vero no necesita estar presente. “No es necesario una persona las 8 horas del día en el centro”, afirma. Gracias a la tecnología, puede abrir puertas a distancia y gestionar contratos online: “Si tú dices 'ostras, estoy interesado', quedamos a una hora, yo te abro la puerta a distancia con el programa que tenemos y te digo 'mira el trastero 130'”.
“La burocracia fue una pesadilla”
No obstante, llegar a obtener ese “15 o 20%” de rentabilidad no fue un camino de rosas para Vero, señala como gran enemigo a la administración pública.
“Lo peor del negocio es el ayuntamiento”, confiesa sin rodeos. El proceso para abrir el centro de Sabadell se alargó meses debido a las exigencias normativas. “Fue como una pesadilla. Todo eran problemas”, recuerda Vero. Desde la ventilación hasta la instalación de un hidrante para bomberos, pasando por demostrar que el camión de bomberos cabía por la calle si había coches aparcados.
A pesar de las trabas administrativas, el balance es rotundo. Vero, que empezó en este sector en 2015 buscando un ingreso extra a su trabajo en retail, ya gestiona tres centros (Barberá, Rubí y Sabadell) y no planea detenerse.
Su consejo para el futuro es apostar por locales aún más grandes. “Cogería un local un poco más grande para rentabilizar más”, asegura, apuntando a espacios de 500 o 600 metros cuadrados para el próximo proyecto. Ante la pregunta de si volvería a empezar de cero sabiendo lo que sabe hoy, su respuesta es inmediata: “Por supuesto que sí”.